RAZÓN CUADRAGÉSIMO QUINTA
45.- Unos títeres: EL CAPITÁN AGUARRÁS Y CHICHARITO
Recuerdo que en aquella obra de “El capitán
Aguarrás” echamos el resto, pues además de los decorados de fondo, construimos
un juego de olas colgadas en los laterales con hilos de nylon que en movimiento
daban la sensación del mar y un barco con toda clase de detalles, el del pirata
Aguarrás, que aparecía por el lateral y dejaba a los espectadores infantiles
embobados. Todo ello acompañado de un completo juego de luces que simulaban el
día, la noche, las tormentas y que contribuyeron al éxito de esta pieza que
estuvimos toda una temporada representándola.
No fallaba nadie a los ensayos y en estos, con las
equivocaciones que eran habituales, con los chocazos y golpes que nos dábamos,
pues no se entendía una pieza de guiñol sin mamporros, con las ocurrencias que
tenían algunos de los componentes del grupo, con alguna que otra zancadilla que
se ponían en espacio tan reducido y con tanta criatura y que cuando te apoyabas
en la estructura temblaba todo..., lo pasábamos bomba. Así hasta que Oliver,
hombre paciente y acostumbrado a tratar a la gente menuda, se ponía serio,
amenazaba con que lo abandonaba todo y se volvía a la normalidad. Teniendo que
señalar también que muchas de nuestras sugerencias eran atendidas por él y se
incorporaban al texto original, con lo que en los ensayos se iba recreando y
mejorando cada obra.
Si toda esta preparación tenía su encanto, no era
comparable ello a cuando lo hacías delante del público. Al principio el nervio
te comía y brotaban por nada risas del mismo estado nervioso en que te
encontrabas, junto a la preocupación de hacerlo bien y que les gustara a los
niños nuestro trabajo, niños casi de la misma edad que nosotros y más pequeños,
acompañados de sus mayores, que también gozaban con el espectáculo.
Nos convertíamos como en cómicos de la legua. Unas
horas antes del comienzo de la representación, llegaba al lugar de ésta el
transporte elegido o contratado para traernos el teatro, había entonces que
descargarlo y después montarlo, ante la mirada curiosa de los madrugadores, lo
que ya nos hacía sentirnos más importantes. Luego o al mismo tiempo, llegaban
los electricistas para tomar la corriente y darnos luz, para instalar micros y
altavoces y preparar el equipo de música que nos acompañaba siempre.
Los muñecos que transportábamos en cajas
cuidadosamente ordenados en las vísperas, eran revisados y colocados en el
interior del teatro. Siempre nos acompañaban juegos de manos de muñecos por si
se estropeaba alguna reemplazarla al momento, ya que contaban con un borde más
grueso y se sujetaban con el elástico del cuerpo de tela; además de algunos
muñecos repetidos por si eran necesarios. Cada cual se ocupaba de su muñeco o
muñecos, si hacía más de un personaje, y se preparaban con todo mimo.

Al pobre Oliver, con tanta nerviosera, lo traíamos
loco, haciéndole preguntas a lo tonto y sin sentido, presentándole problemas
que realmente no existían. Menos mal que, como señalé antes, era paciente como
Job y que nos manejaba estupendamente, sin prestar demasiada atención a
nuestras chiquillerías. La función se representaba por fin y por los gritos y
aplausos pensábamos que había agradado la obra, en definitiva nuestro trabajo y
ya sin nervios, pero sudando como pollitos de tanto trasiego, de tantas luces y
de la tensión, lo celebrábamos también nosotros entre risas y abrazos y
estrechamientos de manos. Terminando la jornada con lo que para nosotros era lo
más desagradable, la recogida del material, el desmontaje del teatro y la carga
de nuevo en el transporte. Faena que no terminaba todavía, ya que después todo
este material había que volverlo a descargar en el lugar donde habitualmente
reposaba, en la sede que Falange tenía en el bajo de la Casa Sindical, donde
Julián, el conserje, nos aguardaba con su manojo de llaves para cerrar una vez
terminada la tarea.
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