¡Con diez cañones por barba,
viento en popa a todo trapo,
cruza el mar como un jabato
la nave filibustera
del capitán Aguarrás!
Y todos los componentes del grupo cantábamos al unísono:
¡Aguarrás,
Aguarrás!...
Éste era el estribillo de nuestra obra clave en el grupo de teatro de títeres que teníamos en los años de nuestra infancia y que llevaba como nombre lógicamente “El capitán Aguarrás”.
Era un grupo de teatro con muñecos de guiñol integrado por chavales de diferentes edades, no pasando ninguno de los quince años y que nos movíamos bajo la dirección de un experto en esta materia, Francisco Oliver, que además de dirigirnos era el guionista de la mayoría de las obras que representábamos, al igual que de la ejecución de casi la totalidad de los muñecos que manipulábamos con las manos.
Algunos de los componentes éramos tan pequeños cuando empezamos en esta tarea que para actuar teníamos que estar subidos en unos bancos; pues el escenario en donde representábamos las obras contaba con una altura considerable para nuestra estatura, ya que la mayoría éramos unas menudencias.
Curiosa actividad ésta por aquellos años. Aunque puede parecer invención o exageración lo que cuento, al igual que existían competiciones deportivas también las había en torno a esta experiencia y eran los mejores grupos de Andalucía, incluidas las plazas de Ceuta y Melilla, los que aspiraban a desplazarse a una fase final en Madrid, en donde salían los mejores grupos del país.
Para nosotros, aún siendo tan niños, éste era un pasatiempo que nos tomábamos con toda la seriedad del mundo. Teníamos que saber manejar aquellos muñecos de manga que introducíamos en nuestros brazos, en tanto que la cabeza la movíamos con los dedos índice y corazón, sirviéndonos el pulgar y el meñique para mover las manos del muñeco, quedando el anular doblado y sin función alguna.
Debíamos aprender los textos, cosa que nos resultaba fácil de tanto repetirlos y para al tenerlo memorizado poner más atención en el movimiento de nuestros muñecos y poder desplazarnos mejor por el escenario.
Otra obligación era la de montar nuestro teatro que era como un gran rompecabezas; quiero decir con esto, que estaba hecho por piezas en donde unas encajaban en las otras y que al ser desmontable para su traslado ocupaba lógicamente menos sitio. Contaba con unas estructuras de madera laterales y de fondo, que eran como marcos de madera que se iban ensamblando con bisagras y en la delantera tenía tres partes: la de abajo, algo curvada y lisa en donde aparecían dibujadas las carátulas del teatro, aquellas especies de máscaras que simbolizaban la alegría y la tristeza como simbología de la comedia y el drama; en medio, unas bambalinas que sobresalían y con mayor curva, en donde iban las luces, y en la superior la boca del escenario ricamente ornamentada y con un juego de cortinas que se abría desde uno de los extremos. Los laterales y para que no se nos viera, eran cubiertos por unas telas oscuras que daban junto a las luces un calor de miedo. Éstos, en su parte superior, tenían unos soportes para sostener unos tubos en donde se colgaban los decorados, realizados en tela y en donde echábamos una mano los que desde pequeños fuimos aficionados a las artes plásticas.
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