RAZÓN TRIGÉSIMO TERCERA
33.- Un pulmón verde: EL PARQUE HERNÁNDEZ
Justo enfrente de nuestra casa estaba el estanque de
los patos, el cual sufrió algunas transformaciones con el paso de los años
hasta su desaparición actual. Lógicamente, el nombre era debido a la existencia
de estos animales en el mismo. Pero no eran ellos sus únicos moradores, pues en
sus aguas verdosas vivían diferentes especies de peces y no faltaban ranas ni
sapos. En la misma esquina y en su interior creo que existía un enorme depósito
de agua de forma cilíndrica en su planta y de bastante altura, que así nos lo
parecía cuando éramos pequeños, y que posteriormente fue convertido o sería en
su parte más elevada un palomar, y en donde antes o después en el tiempo, que
no lo recuerdo bien, hubo también una monumental jaula cuyos habitantes fueron
en principio monos y que dejaron paso a diferentes tipos de aves cuando
desaparecieron de allí. Por ello, lo mismo que nos citábamos en los patos los
pequeños, hubo momentos en que nuestros encuentros eran en los alrededores de
los monos.
Subiéndonos en el cerramiento de fuera veíamos a los patos con su caminar tan característico y “patoso”, gracioso para la menudencia en general, uno detrás de otro y acudiendo, tanto en tierra como en el agua, a las migas de pan que les arrojábamos o a las cáscaras o piel de los altramuces después de habernos comido su semilla interior. Desde el interior del parque el espectáculo era el mismo, aunque podíamos ver unas casitas, como las de los perros con tejados inclinados, en donde se refugiaban de noche o al atardecer si es que los dejábamos tranquilos o buscando esa misma tranquilidad.
Junto a este estanque existía una pista multiuso que en épocas llegó a tener una baranda de tubos metálicos, en donde se podía jugar a todo, desde patinar hasta dar patadas a una pelota -siendo ésta como una antesala de las actuales dedicadas al fútbol sala- o corretear al “Tú la llevas”, etc., y alrededor de la cual se ponían los palcos durantes las fiestas de septiembre, usándose entonces como pista de baile y lugar de juegos con los payasos; sin olvidar a una gran palmera de hermosos y dulces dátiles en una de sus esquinas.
Siguiendo las teorías pedagógicas del Padre Manjón, a alguna autoridad se le había ocurrido construir un mapa en relieve de España en su cercanía, en el mismo suelo, rodeado de una pequeña vallita, que causaba nuestra mayor admiración y que tuvo una vida efímera como otras tantas cosas dependientes de los políticos cambiantes; claro, que peor sería que no cambiaran estos nunca.
Volviendo a la palmera, uno de los elementos más y mejor recordado, contaba en su torno con uno de nuestros pasatiempos divertidos, el de arrojarle piedras a sus dátiles, que nos sabían a gloria, cuando los recogíamos del suelo después de atinar en sus racimos y que sólo entrañaba el peligro de que el guarda del parque rondara por allí para que suspendiéramos momentáneamente esta tarea o que se presentara por sorpresa en lo más álgido del proceso y tuviéramos que poner tierra por medio; contando para esto último como ventajas el tener una puerta pequeña de entrada en su proximidad, en estos casos mejor escrito, de salida, justo enfrente de la Vinícola, y la de correr como liebres.
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