lunes, 13 de abril de 2026

BIOGRAFÍA N0STÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO SEGUNDA

32.-   Un circense:   PEDRO MONTES RAYA: El hijo de los porteros del portal número 6


            De los ejercicios físicos pasó a los malabarismos. Posiblemente llegó a nuestra ciudad cualquier circo con artistas que hacían juegos malabares o el mismo Teatro Circo de Manolita Chen, que se instaló en algunas ocasiones en el triángulo que había enfrente de la puerta principal de la plaza de toros, bastante cerca de donde vivíamos y él también lo vio y quedó prendido de aquellos ejercicios. Su tesón era inmenso y su habilidad igualmente debió de ser grande; pues a los pocos días jugaba con las pelotitas y las improvisadas mazas como si lo hubiera estado haciendo durante toda su vida. Los tres objetos del principio que volaban entre sus manos, con el paso de los días fueron dando paso a cuatro y después a uno más, dejándonos nuevamente maravillados. Por más que nosotros lo intentábamos con piedras, con pelotas de trapos, con trozos de madera de aquellos juegos de arquitectura de nuestros tiempos, hasta con naranjas u otras frutas y a escondidas en casa, porque se nos caían y con los golpes se ponían pochas, nunca nos acompañaba el éxito, en tanto que él lo veía facilísimo.


            Apareciendo otro día, porque él practicaba en su casa y hasta que no dominaba el juego no aparecía, con una caña fina, resistente y flexible sobre la que hacía girar un plato, como hacían los chinos. Y nada, que no se le caía en todo el rato, hasta que dejaba de girar la caña, le daba un empujoncito y caía en sus manos, ganándose el aplauso de todos lo que le rodeábamos boquiabiertos y no dando crédito a los que estábamos viendo.

            Era, sin duda, un artista o por lo menos, quería serlo. Cuántos platos tuvo que romper, podrá pensar cualquiera. En su casa no estaban para tirar cohetes; así que ya buscaría él el medio de no acabar con la vajilla propia, por muchos que rompieran los payasos en el circo algunas veces. Luego nos contaba que al principio ensayaba en su cuarto y que no le salía demasiado bien porque estaba más pendiente de que los platos no cayeran que en el propio juego malabar; que seguidamente lo hacía juntando las camas, la suya y la de su hermano mayor, que siempre le decía que estaba loco con aquellas cosas tan raras que inventaba, y sobre éstas para evitar, si cayera el plato, que se rompiera al golpear contra el colchón. Para al final decidirse por algo más práctico, por el uso de platos metálicos, que el único destrozo que podían sufrir es que si estaban pintados se descascarillaran.


            Lo de los platillos le duró una temporada. La ausencia de riesgos y lo monótono del ejercicio le llevaron por otro derrotero, que volvía a sorprendernos; pasando desde entonces al equilibrio, no sobre la cuerda ni sobre el cable, como los funámbulos, sino sobre el rulo. Un día colocó una tabla sobre una botella, apoyándola en uno de los extremos en el suelo, se subió a ella y se balanceó una o dos veces hasta que la tabla se marchó para uno de los lados y la botella para el contrario, dándose él un costalazo de padre y muy señor mío. Pero ya he dicho antes que era cabezota como el que más, que no se arredraba a las primeras de cambio, que una caída no lo iba a acoquinar, que era de los de erre que erre y siguió subiéndose y dándose golpes hasta que dominó a aquel rulo, que seguía siendo en principio una botella, y a la tabla, subiéndose y bajándose en ésta, balanceándose después, con la misma facilidad con que nosotros subíamos y bajábamos cualquier escalón.

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