viernes, 9 de enero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


SÉPTIMA RAZÓN

Un alcalde: DON EDUARDO LEÓN SOLÁ   ( II )

      Residían a caballo entre este domicilio de la calle Teniente Coronel Seguí y un chalet que tenían por la carretera de Farhana, en donde se refugiaban cuando acudían las calores, porque la vida en él sería más grata, con la numerosa prole ya de vacaciones o en sus proximidades y contando con la piscina para refrescarse.


            Aunque hace bastante tiempo que no los veo, me refiero a sus hijos, sí guardo recuerdo de ellos; de unos más que de otros, porque tuvimos distinta relación en razón de los años y de las circunstancias. Eulalia, que creo que era la mayor, curiosamente y sin que sus padres se parecieran entre ellos en absoluto, era la que me recordaba a ambos y la verdad, no sabría decir el porqué de esta afirmación. Era Lala hija y creo que se casó con un farmacéutico hijo del cuerpo, porque su padre también lo era, y que siguen viviendo en la ciudad. Como todos ellos, habían heredado de sus progenitores ese carácter extrovertido y afable, así como una sonrisa abierta y sin tapujos.

     No sé el orden cronológico de ellos, pero me quedo ahora con “Keke”, que no sé si escribirlo como lo he hecho o con la Q de queso, de la que me viene a la memoria una graciosa caricatura, que Dios sabe dónde andará, que le hizo mi hermano Clemente cuando todavía era casi una niña. La recuerdo muy delgada, casi con la delgadez de las modelos actuales de las pasarelas y bella. Un estilo a la actriz Audrey Herburm. Luego supe de ella que siguió los pasos del padre, que probó en la política municipal y que fue concejal o consejera de algo, porque lo de Melilla según la época se era una cosa u otra, en razón de la carta conseguida de ciudad autónoma y que nada tiene que ver con la de plaza de soberanía de antaño. Que como todo el que prueba en esta tarea pública y lo digo por experiencia, tendría sus defensores y detractores y que eres algo mientras ostentas el cargo, como el concejal del chiste de Cuenca, y dejas de ser alguien, siempre hablando en términos políticos, cuando cumples tu trayecto, de ahí que haya que marchar ligero de equipaje y con el billete de vuelta comprado casi al mismo tiempo que el de ida.

       Bety, curiosos los apelativos de todos ellos, no sé si estaba por edad entre ambas o era menor; pero sí recuerdo que llevaba su minusvalía física con una gran entereza y con un humor excelente. A lo mejor, desde mi lejanía, no observé otra cosa nada más que su amor por la vida, donde no había complejos o no parecía que existieran, pareciéndome incluso la más atrevida de todas, la menos reñida con la modernidad que se nos avecinaba tan deprisa.

       Tengo en una nebulosa si hubo otro chico, además de Lalo, el más pequeño de los “Leones”, con el que no tuvimos relación alguna. Y he dejado para el final a Lalo, porque con él tuve, aunque fue durante un corto espacio de tiempo, una relación especial, la de ser alumno mío cuando era todavía un crío, recordando de él algunas pequeñas anécdotas. Por ejemplo, la de que en esa caja de fotos que hay en la vida de todos, que aún no están puestas en el álbum correspondiente, porque el mañana lo haré o cuando tenga un poquito de tiempo no iba a ser una excepción en mí, guardo una en la que un jovencito vestido de paje, con pantalón corto y abombado, con medias y zapatillas apropiadas y gorra con pompones; está en actitud de leer un pergamino que sostiene entre sus manos y que correspondería a alguna fiesta infantil, con una dedicatoria ejecutado con trazo y letra muy infantil en donde puede leerse “Como recuerdo a mi profesor”.


            Otra anécdota fue la que me ocurrió dándole clase en el probador de mi madre, porque él venía a mi casa para que le instruyera, ya que la educación era cosa de sus padres y me consta que la sabían llevar a cabo. Parece que estoy viendo el cuadro. Junto a la ventana que daba al patio, sentados en unos sillones y trabajando sobre una mesita redonda. El espejo grande en la esquina, un ropero junto a la puerta y entre ellos un sofá. Cuando más embebidos estamos en la tarea un terremoto nos saca totalmente de ella. El ruido es ensordecedor, la lámpara se balancea al tiempo que las cajas que hay sobre el ropero emprenden un extraño baile. Nos llevamos un susto de muerte que se debió reflejar en nuestros rostros. Los gritos y voces de los vecinos no se hacen rogar en su tardanza y nos llegan de inmediato a través del patio, pues la ventana está abierta. El adulto y si además es el profesor, debe mantener el tipo, aunque esté igual o más asustado que el pequeño, que posiblemente es menos consciente del riesgo o peligro, y en ese momento trato de calmarlo con gran esfuerzo y casi como descubriendo la pólvora le digo:

 - Es un terremoto.

 Y después de una pequeña pausa, Lalo me interroga lacónicamente.

 - ¿Qué hacemos?

 A lo que yo, armándome de valor, temblándome las piernas, pero disimulando, le invito a que recoja el material y a que el día siguiente continuaremos el trabajo. Le acompaño a la puerta de casa y me quedo en el rellano mientras él sube al primer piso, esperando a que le abran la suya y comparta su miedo con su familia, que yo lo haría con la mía.

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