domingo, 4 de enero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


SEXTA RAZÓN

6.-   Un libro: LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ   ( II )


            Con el paso de los años venían la tinta, los tinteros, los palilleros, las plumas y los secantes, con una verdadera liturgia en su alrededor. Comprendía ésta la preparación de la tinta por parte de los alumnos mayores y siempre ante la mirada atónita y hasta con cierta envidia de los pequeñajos; el llenado de los tinteros de porcelana o metálicos que se colocaban ajustados en el orificio que existía en el centro de los pupitres; la pluma que se introducía en el hueco del palillero de madera y el uso del secante, que solía emborronar algo el texto y que sobre todo servía para los inevitables borrones, de los que nunca nos librábamos, al igual que de alguna que otra mancha que dibujaba lunares en nuestra ropa o sombreaba nuestras manos.


            Pocos libros se manejaban por entonces en las clases. Algún que otro manual de ortografía sobre la mesa del profesor, con sus pastas marrones oscuras y desgastadas, acompañando a alguna biografía de santo o de héroe, algunos de cuyos párrafos más gloriosos se usaban para los dictados, alternando con aquellos otro casi trabalenguas llenos de trampas, como aquél que decía: “Ahí hay un hombre que dice ay”. Así como el otro de frases célebres y máximas que se copiaban en la pizarra y eran de obligado cumplimiento. No sentíamos atracción por el libro. Sin embargo, nos encantaban los tebeos.
            Otro de los libritos que usaba el profesor mucho era el de la Cartilla de Urbanidad, en la que me voy a detener un poco porque era una auténtica joya de los propósitos y despropósitos de aquellos tiempos. En ella se recogía con textos e ilustraciones lo bueno y lo malo, lo que era el niño educado y el maleducado. Estaba editada por los Hermanos Maristas y era una especie de catecismo de la educación. Nosotros fuimos niños que debíamos aceptar y respetar el orden social vigente (impuesto, por supuesto también, cosa que ignorábamos por entonces), representado en las figuras de los padres, de los maestros y de las autoridades eclesiásticas. Casi nada, como para ponerlo en práctica en la actualidad, en que el orden vigente está representado principalmente en las figuras del dinero y de los medios de comunicación. Sin olvidarse de la condescendencia debida y reservada a los iguales en rango y el miramiento distante, pero atento, que se debía a los inferiores, que formaban el capítulo de los criados, de los niños pobres o menos instruidos. Y eso que el librito, ejemplar dignísimo de la literatura escolar, era de época anterior a la guerra civil y que se puede dar por sabido, que contó con el beneplácito de muchas ediciones posteriores a ésta.


            Más que su contenido nos gustaban sus ilustraciones cuando llegaba el mismo a nuestras manos; en especial algunas de las páginas de la derecha, que hacían referencia al niño mal educado. Pues a qué niño no le gustaba, salvo raras excepciones el mejor sitio o el trozo de tarta más grande o reírse del cabezón o del narigudo. ¿Quién no ha llamado con el aldabón en la puerta de una casa y salido corriendo para no ser visto? Cosa muy fea y repugnante era meterse el dedito en la nariz y sacarse el moquillo...; pero habrá otro alivio y entretenimiento más común entre los chiquillos y algunos mayores. Claro, ahora los niños con la Play Station y las maquinitas no tienen tiempo ni para eso. Y qué decir del amor de los pequeños por los charcos y de chapotear en ellos, de jugar en medio de la calle, de molestar  -eso sí, siempre sin querer, sin poderlo remediar- a algún pacífico transeúnte con un inofensivo pelotazo o empujón. Cuántos niños no han dejado de escribir su nombre en el pupitre o alguna que otra frase oportuna hasta acompañada de dibujos algo atrevidos. ¡Que molestia la de comer sin apoyar los codos o la de evitar que fuéramos los primeros cuando nos gustaba algo muchísimo o lo de querer cuando esto ocurría que nos pusieran mucha comida! A lo que mi tía Carmen decía siempre que llenábamos antes el ojo que la tripa. Claro que había peleas entonces y hablábamos en voz alta y nos manchábamos y se destrozaba en no pocas ocasiones la ropa..., porque sencillamente éramos niños. Hay alguno que no se mueva y mire para todos los lados cuando busca algo o a alguien o está aburrido, aunque sea en misa o que se guarda de bostezar cuando le marcan un rollo. Lo de tratar mal a los criados tendrán que decirlo otros, yo nunca los tuve; aunque sí vi a algunos riquitos despreciar a los que consideraban como tales; al igual que a los animales, por los que sentí siempre un exagerado respeto. Cuánto trabajo costaba levantarse, sobre todo para ir al colegio, no para ver a los cabezudos y oír a los músicos en su diana floreada cuando eran días de fiesta.


            Y al terminar el librito aparecían unas cuantas frases de don Francisco Martínez de la Rosa, que debía de ser un cura de los de antaño y que no entendíamos por mucho que trataran de explicárnoslas. Como aquella que decía: “Si es bueno y dócil un niño, de todos gana el cariño”. Pensando nosotros que menos de algunos de sus mismos compañeros que lo consideraban si actuaba así como tonto. ¿Qué difícil resultaba lo de cumplir aquello de “Siempre que puedas haz el bien y no repares a quién” Pues anda que íbamos a hacer el bien al que no nos dejaba jugar con su balón nuevo o al que nos ponía una zancadilla en la carrera cuando lo adelantábamos.

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