SEXTA RAZÓN
6.- Un libro: LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ ( II )
Con el paso de los años venían la tinta, los tinteros, los palilleros, las plumas y los secantes, con una verdadera liturgia en su alrededor. Comprendía ésta la preparación de la tinta por parte de los alumnos mayores y siempre ante la mirada atónita y hasta con cierta envidia de los pequeñajos; el llenado de los tinteros de porcelana o metálicos que se colocaban ajustados en el orificio que existía en el centro de los pupitres; la pluma que se introducía en el hueco del palillero de madera y el uso del secante, que solía emborronar algo el texto y que sobre todo servía para los inevitables borrones, de los que nunca nos librábamos, al igual que de alguna que otra mancha que dibujaba lunares en nuestra ropa o sombreaba nuestras manos.
Pocos libros se manejaban por entonces en las clases. Algún que otro manual de ortografía sobre la mesa del profesor, con sus pastas marrones oscuras y desgastadas, acompañando a alguna biografía de santo o de héroe, algunos de cuyos párrafos más gloriosos se usaban para los dictados, alternando con aquellos otro casi trabalenguas llenos de trampas, como aquél que decía: “Ahí hay un hombre que dice ay”. Así como el otro de frases célebres y máximas que se copiaban en la pizarra y eran de obligado cumplimiento. No sentíamos atracción por el libro. Sin embargo, nos encantaban los tebeos.
Otro de los libritos que usaba el profesor mucho era
el de la Cartilla de Urbanidad, en la que me voy a detener un poco porque era
una auténtica joya de los propósitos y despropósitos de aquellos tiempos. En
ella se recogía con textos e ilustraciones lo bueno y lo malo, lo que era el
niño educado y el maleducado. Estaba editada por los Hermanos Maristas y era
una especie de catecismo de la educación. Nosotros fuimos niños que debíamos
aceptar y respetar el orden social vigente (impuesto, por supuesto también,
cosa que ignorábamos por entonces), representado en las figuras de los padres,
de los maestros y de las autoridades eclesiásticas. Casi nada, como para
ponerlo en práctica en la actualidad, en que el orden vigente está representado
principalmente en las figuras del dinero y de los medios de comunicación. Sin
olvidarse de la condescendencia debida y reservada a los iguales en rango y el
miramiento distante, pero atento, que se debía a los inferiores, que formaban
el capítulo de los criados, de los niños pobres o menos instruidos. Y eso que
el librito, ejemplar dignísimo de la literatura escolar, era de época anterior
a la guerra civil y que se puede dar por sabido, que contó con el beneplácito
de muchas ediciones posteriores a ésta.
Más que su contenido nos gustaban sus ilustraciones cuando llegaba el mismo a nuestras manos; en especial algunas de las páginas de la derecha, que hacían referencia al niño mal educado. Pues a qué niño no le gustaba, salvo raras excepciones el mejor sitio o el trozo de tarta más grande o reírse del cabezón o del narigudo. ¿Quién no ha llamado con el aldabón en la puerta de una casa y salido corriendo para no ser visto? Cosa muy fea y repugnante era meterse el dedito en la nariz y sacarse el moquillo...; pero habrá otro alivio y entretenimiento más común entre los chiquillos y algunos mayores. Claro, ahora los niños con
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