RAZÓN VIGÉSIMO SÉPTIMA
27.- Una noche: LA VÍSPERA DE SAN JUAN ( IV )
Y volviendo al tema, llegado este día de vísperas,
desde hora bien temprana todo era un ir y venir recogiendo objetos inservibles
y apilándolos en el lugar escogido para la hoguera. Cuando alguno aparecía con
algo voluminoso era aplaudido y vitoreado. A veces alguien venía a reclamar
ayuda porque sólo no podía con el trasto. Lo almacenado y seguro lo dejábamos
para el final. Algunas mujeres, que también participaban los adultos en esta
fiesta, una vez realizada las faenas de casa, confeccionaban entre risas el
muñeco de trapo que servía para coronar nuestra fogata. Otros conformaban el
armazón de la misma con los troncos y maderos más largos. La ilusión era
tremenda y la actividad febril, no se paraba ni un instante y nuestros ojos
brillaban de emoción al verla crecer, la competición consistía para nosotros en
mejorar a la del año anterior.
Cuando llegaba el mediodía había que tomarse un
descanso que coincidía con la hora del almuerzo, que aquel día era más frugal o
que se ingería con mayor rapidez, deglutiendo los alimentos casi sin masticar.
Y sin olvidar de dejar un retén que velaba por la seguridad de nuestro preciado
tesoro. Se establecían los oportunos turnos integrados por grupos de chavales
que armados con palos vigilaban nuestra singular pira donde ardería en la noche
el monigote de trapo.
Después de comer volvía la actividad. No importaba
el calor en aquella jornada ni la digestión, el sudor por aquél y por el
esfuerzo realizado te confortaba. Aquello crecía desmesuradamente; sobre todo,
en comparación con nuestra propia estatura, pues había troncos y palos que
buenamente la triplicaban. Hasta dónde llegarían las llamas este año,
pensábamos, y las chispas o pavesas que la fuerza del fuego y el aire las
lanzaban al cielo por encima de nuestras cabezas. Menos mal que por allí no había cables de la luz.
Con tanto trajín la ropa se ennegrecía o manchaba,
cosa que no nos preocupaba en absoluto tal día; algún siete aparecía como fruto
de cualquier enganchón; golpes con los consiguientes moratones y heridas eran
inevitables; para los arañazos, que abundaban con tanto trasiego, lo mejor era
la salivita, que lo aliviaba todo.
La noche se nos venía encima sin apenas darnos
cuenta por la misma tarea frenética y se acercaba uno de los momentos críticos,
el del encendido, en cuya hora de llevarlo a la práctica nunca nos poníamos de
acuerdo; en especial, porque queríamos hacerlo siempre lo más tarde posible por
dos razones: por ganarle horas a la noche y porque la nuestra luciera cuando
las restantes agonizaban.
Como para esto ya estaban los mayores, que por tener
que manejar cerillas, encendedores y hasta combustibles líquidos, con los que
rociaban partes claves de la misma, a ellos correspondía tal función; aunque
cada chico hacía lo que le parecía y cualquiera nos impedía meter alguna baza
en nuestra candela.
La expectación era extraordinaria, centenares de
personas de todas las edades se congregaban en torno a la misma, procedentes
principalmente del Barrio Obrero y sus alrededores. El cielo de la ciudad
empezaba a enrojecer por todos sus rincones, columnas de humo ascendían
convirtiéndose en indicadores de encuentros alrededor del fuego.

Éste devoraba todo lo que encontraba apilado allí.
Su magia nos atraía y enganchaba nuestras miradas a sus colores y formas
continuamente cambiantes. Gritábamos, cantábamos y danzábamos a su alrededor
cuando comenzaba a arder; luego el fuerte calor nos iba obligando a retirarnos.
Algunas mangueras caseras conectadas a grifos de las casas cercanas se
preparaban por si las moscas. El fuego seguía su marcha y cada vez se hacía más
grande, ascendiendo en múltiples lenguas hacia las alturas; pronto éstas superaban
la segunda planta de las traseras de los bloques de Teniente Coronel Seguí. En
el humo blanco flotaban las cenizas y chispas y los pequeños estallidos y el
chisporroteo se mezclaban con nuestras voces. El asombro no cesaba.
Como la misma vida, pasados los momentos de
esplendor del fuego desembocaban o daban lugar a su debilidad, su altura iba
disminuyendo al igual que su potencia y los jóvenes le ganábamos terreno a sus
alrededores. En razón de su progresivo decaimiento la gente se atrevía a hacer
ruedas en su torno, cogidos de las manos, y cantaban en este improvisado juego
canciones tradicionales de corros, en donde participábamos chicos y mayores y
sin distinción de sexos. Y cuando casi se agotaba, cuando las llamas eran
mínimas y las ascuas marcaban el círculo de la hoguera, los mayores y más
atrevidos, comenzaban a realizar sus saltos, nunca exentos de riesgos por
quedarse cortos o por el peligro entre tanto desorden y algarabía de saltar en
los dos sentidos a la vez. Algunos movidos por su inconsciencia, arriesgaban en
ellos y terminaban por pisotear las ascuas, llevándose el correspondiente
susto. Nunca la sangre llegaba al río y todo quedaba reducido a sobresaltos y a
recomendaciones que raramente eran atendidas.
