RAZÓN VIGÉSIMO SÉPTIMA
27.- Una noche: LA VÍSPERA DE SAN JUAN ( VI )
Y para concluir, que casi se me olvida, señalar lo
que le ocurrió un año a nuestro buen
amigo Pedrito, cuando bastante pequeños aún, formábamos parte de esta colosal
aventura. Todos presumíamos llegado el día de aportar algo a nuestra hoguera
procedente de nuestra propia casa: algún objeto de madera ya inútil que
guardábamos para tan señalada ocasión, dando la carga, por otra parte, a
aquellos de la reunión que no se mojaban. Pedrito era tímido y callado como el
que más; pero de un amor propio a prueba de bomba. Cualquier día se iba él a
quedar el último en aquellas improvisadas y repentinas carreras, por ejemplo. A
lo largo de todo el día vio como unos y otros llevábamos muebles o restos de
éstos, ya viejos, a la hoguera y el pequeño Pedro aguantando la carga en
silencio y cada vez con peor cara; hasta que no pudo aguantar más y sin decir
ni mus salió corriendo para su casa. La actividad continuaba porque entre niños
estas ausencias temporales y por múltiples motivos eran normales y además,
quién se iba a preocupar por el hecho de que uno de los más pequeños
desapareciera.
Pero eso sí, lo que verdaderamente llamó nuestra atención y de qué manera, fue su repentina aparición al rato, ya que era de los que vivía cerca. Llevaba una impecable silla de comedor ricamente tapizada a cuestas y su madre caminaba detrás a buen paso, gritándole: ¡Por Dios, Pedrito, adónde vas con esa silla! ¡Esa no, Pedrito de mi vida! ¡Esa no!
La madre lo detuvo a tiempo y alguno de los mayores de la reunión tuvo que convencerlo de que no debía de preocuparse, que allí no se admitían por norma muebles nuevos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario