Como todo en la vida, mucho cambiaron los llamados
por nosotros cacharritos de feria. Nada tienen que ver los sofisticados
actuales, que vienen a demostrar el avance técnico con relación a su
construcción, con aquellos tan primitivos de nuestros tiempos.
El clásico tiovivo o los caballitos en su monótono girar, que lo que más permitía como aliciente añadido era ese sube y baja de algunos de los animales que lo componían, que sólo había corceles, no es nada comparable con esos aparatos de hoy, de descenso vertiginoso desde alturas considerables, que es un espectáculo verlo en su caída y que debe poner a sus usuarios el estómago en la boca cuando frenan sus asientos cerca del suelo.
Algunas de aquellas atracciones han dejado de existir, pasando a convertirse en piezas de museo para nuestro recuerdo. Otras fueron evolucionando y sobreviven con mejores materiales y por supuesto, ofreciendo más seguridad; no faltando las novedades de cada temporada, que igualmente las había en nuestros tiempos. Encontrándonos también con un número determinado de ellas que son consideradas, como les ocurre a ciertos ejemplares de la flora y fauna de nuestro planeta, en peligro de extinción.
Una que nos gustaba mucho a los pequeños de aquellos años era el Látigo, que como su nombre indicaba después de que cada uno de sus habitáculos circulares, donde nos metíamos tres o cuatro chicos fuertemente sujetos a unas barras de acero, tuvieran una marcha normal al llegar a las curvas te pegaban un acelerón, como un latigazo, que te daba la impresión de que ibas a salir despedido; no dándote tiempo más que a reír los niños y gritar las niñas, pues de nuevo te encontrabas con la otra curva y su correspondiente aceleración y así hasta que la sirena daba la señal de su conclusión y salías con las manos sudorosas de asirte con fuerza a la mencionada barra o a los hombros de los compañeros de viaje.
Aunque uno ya no tiene edad de disfrutar con estos aparatos y atracciones, lo puedo incluir dentro del capítulo primero, porque ya no se ven por las fiestas y ferias de los pueblos y ciudades, al igual que el que se movía como una ola y que por ello recibía dicho nombre o aquella otra que nos mostraba como museo del mal gusto, pero que nos encantaba, a personas y animales extraños.
Otras han sobrevivido sin apuros, mejorando considerablemente unas y manteniéndose algunas en sus condiciones iniciales. Entre las primeras se encuentra esa nómina bastante amplia integrada por las norias, las de los pequeños movidas antiguamente a mano y al son de bombos y platillos y las gigantes, algunas de las cuales te causan verdadera impresión, permitiéndote ver el suelo y todo lo que por él se mueve desde otra perspectiva, a vista de pájaro, e incluso a los humanos como hormiguitas. Los coches locos o de choque, que ya existen también en versión, espacio y con vehículos más reducidos, para la gente más menuda. Los mismos caballitos con su característico sube y baja y sus barras metálicas en forma de espiral. Aquellos diminutos vehículos de todo tipo de transportes: coches de todos los modelos, embarcaciones variadas, aviones, locomotoras, etc., en su continuo girar y girar y repletos de pequeñajos que no se cansan y que saludan sonrientes a sus padres cada vez que pasan por delante de ellos. El tren de los escobazos con su muerte canina en su interior, su caminar cansino y su repetido toque de campana al pasar por la estación, que es la cabina donde se obtienen los tiques para tan fantástico, monótono y pavoroso viaje; sólo para algunas, ya que la mayoría tiene como único objetivo, cosa que persiguen con verdadero ahínco, el quitarle la escoba al fantasma o monstruo que la usa en el interior del simulado túnel del terror. Encontrándonos con otras que no cambiaron aparentemente nada, como las barracas de tiro, con las mismas escopetas de aire comprimido para plomillos o tapones de corcho, con iguales fallas en sus puntos de mira, de ahí que siga diciéndose cuando alguien hace algo mal y repetidas veces que falla más que una escopeta de feria, con idénticos palillos de dientes o trozos de serpentinas de colores sujetadas en sentido vertical para romper y las botellitas de licores diferentes como trofeos; así como las tómbolas, con idénticas estructuras y ruidosas como ellas solas; la pesca de patitos con cañas en la improvisada y diminuta piscina o aquella otra atracción que consiste en golpear con una maza de madera el tope que hace subir una pieza que golpeaba una campana para saber el grado de tu fortaleza y que como dice el refrán, en muchas ocasiones, valía más la maña que la fuerza.
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