RAZÓN TRIGÉSIMO NOVENA
39.- Un militar: DON RAMÓN GOTARREDONA PRATS ( I )
39. Un militar: DON RAMÓN GOTARREDONA PRATS
En principio tengo que confesar que en mi familia no
hubo militares, lo que me va a permitir tratar este apartado sin ninguna
posible influencia y con la objetividad, o por lo menos ese será mi intento,
necesaria para que nadie se pueda incomodar; además desde la perspectiva de un
joven que contaría entre dieciocho y veintidós años cuando el militar al que me
voy a referir ocupó en nuestra ciudad el cargo importantísimo de Comandante
General.
El hecho de no proceder de familia de militares hace
que veas al Ejército y la importante vida castrense de la ciudad desde una
óptica bien distinta. En principio, yo no contaba con los privilegios que
tenían no sólo los militares en Melilla, sino todos los familiares, especialmente
sus descendientes, aquellos niños que podían tener mi misma edad o algunos años
más o menos. Independientemente de sus sueldos, que solían ser más elevados en
el caso de jefes y oficiales con relación al resto de la población civil y que
lógicamente era cuestión que no preocupaba en demasía a un pequeño como yo,
ajeno aún a este tipo de circunstancias, contaban en su mayoría o en número
importante con vivienda gratuita, en aquellos pabellones militares que
proliferaban por nuestra ciudad. Tenían su Centro Cultural en la Plaza de España, unas
instalaciones recreativas, sociales y deportivas tan notables como la Hípica, hasta con su trozo
de playa acotada y de exclusivo uso para sus asociados, contando además con
buses para desplazarse a ésta.

( EL CASINO MILITAR, LA HÍPICA Y SU PLAYA )
Existía en su ambiente una figura que aliviaba
considerablemente a la familia militar, como era la del asistente, que servía
por el uso y el abuso casi para todo; ya que niños pequeños y siguiendo
fielmente con el significado del nombre que se le asignaba, eran asistidos por
ellos. Encargándose éstos también de llevarlos y traerlos del colegio, de
acompañarlos al parque y vigilarlos en sus juegos desde una tierna edad o
incluso de estar con los pequeños en tanto que los padres cumplían con sus
obligaciones sociales o de ocupación de su tiempo libre cada cual como le
apeteciera.
Tampoco había que olvidarse de ese otro privilegio
de encontrar en la tropa personas o profesionales que realizaban todo tipo de
faenas, tareas, chapuzas y arreglos que son necesarios en cualquier hogar y
casi de forma cotidiana; pues si un día hace falta el fontanero, en los otros
será el electricista, el carpintero o el pintor.
Era igualmente habitual que los muchos coches
oficiales del Ejército, que se suponen que debieran servir para trasladar al
titular de un lugar a otro de la ciudad en su horario laboral y para cometidos
relacionados con su trabajo, se usaran a todas horas, que para eso se contaba
con el vehículo y el correspondiente conductor, y que de su uso contaran
también las consortes, los ascendientes y descendientes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario