Una vez en Melilla con él vinieron los cambios y por qué no decirlo, la leyenda, porque no dudo que hubo verdades en su torno y otras cuestiones se inventaron o exageraron, apareció en su torno.
En principio, si algunos oficiales y jefes se habían relajados en su cuidado físico, tuvieron que volver a buscar la forma, porque raramente se libraba alguno de subir a Rostrogordo andando para celebrar aquellas paradas militares que se hacían diariamente en aquella enorme explanada que se preparó allí, junto a los pinares, para tal fin.
Otra cuestión que se comentaba en la ciudad es que ningún jefe de los distintos cuarteles de la ciudad estaba tranquilo desde que llegó, pues siempre había que estar preparado, en perfecto estado de revista, para posible visita a su acuartelamiento, ya que nunca avisaba; teniendo incluso la perversa costumbre, se decía, de salir para uno determinado y sobre la marcha y sin previo aviso, cambiar de parecer y dirigir sus pasos a otro, sin que nadie pudiera avisarles a estos últimos con tiempo suficiente. Vamos, pienso yo, que tenía a todo su personal de altura desconcertado y como consecuencia, a la tropa siempre en perfecto estado de revista como señalé anteriormente.
Esta forma de actuar y su fuerte espíritu castrense trajo consigo una férrea disciplina, que se puso de manifiesto en diferentes cuestiones, que padecían también los soldados y que veíamos los civiles, que nada teníamos que ver de momento con lo militar.
Se implantó, por ejemplo, un pelado característico para los soldados, aquel de usar la maquinilla en el cero para toda la parte de la cabeza que quedaba fuera del gorro militar y algo más de pelo, no mucho, en la parte cubierta. Cosa que se hacía extensiva a toda la tropa sin distinción, tuvieran o no permiso para incluso vestir de paisano y que así se sabía quienes estaban cumpliendo con su obligación con la patria.
Se hablaba en la ciudad que había puesto en riesgo de extinción aquella figura de siempre del asistente para todo. Incluso se contaban historias como la de haberse presentado en el parque Hernández, identificando a algunos de estos por su pelaje, que estaban cuidando a pequeños en tal recinto, obligándoles a que se incorporaran inmediatamente a sus respectivos cuarteles y avisando a las respectivas familias de los chicos para que vinieran a buscarlos si no se los querían encontrar solos.
Todos estos aconteceres eran bien vistos en general por la ciudadanía; aunque no creo que serían bien celebrados por los que cada día perdían algún privilegio, por nimio que fuera.
Era muy difícil ver en sus paseos a algún soldado con los botones de su uniforme desabrochados por razón del calor o descubierto, sin gorro, en medio de la calle o con las botas sin abrillantar.
Esta dureza disciplinaria el soldado la veía compensada por otros beneficios, porque se comía mejor, porque comenzaron a desaparecer injusticias que eran consideradas como normales o habituales; ya que el soldado que se sentía dañado en sus derechos tenía acceso directo a él, saltándose todo el proceso reglamentario que existía dentro del régimen militar. Este egocentrismo del General, beneficioso para la soldadesca, que a veces hasta encontraba en aquellas visitas permisos especiales, lógicamente no sería bien apreciado por jefes y oficiales, y aquí incluyo también a los suboficiales y otros cargos menores, pues en cualquier momento podían verse en entredicho y porque además obligaba a algunos a importantes cambios de conducta, en especial, en los grupos de los últimamente citados.
Decían también algunas malas lenguas que jugaba a soldaditos y con reproducciones de distintos armamentos pesados en miniatura a la guerra en su gran despacho, a montar estrategias bélicas sobre una enorme mesa que había en el mismo.
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