Muchos son los cargos que desempeña desde entonces
en nuestra ciudad y relacionados con su profesión y vocación, la medicina. Fue
médico titular de la conocida Caja Nacional. Se especializó en medicina
epidemiológica. Estuvo de médico en la no menos conocida, por su ubicación tan
cercana a lugares habituales de nuestros juegos, Casa de Socorro, adonde
conducíamos a veces a los compañeros escalabrados de algunas peleas, si la cosa
la veíamos chunga de grave, para que le dieran algunos puntos de sutura, mintiendo
siempre, ya que decíamos que se había dado un golpe sin querer en una caída o
con cualquier objeto extrañamente colocado en su camino o también, cuando
alguno se fastidiaba alguna extremidad y había que proceder a su escayolamiento
y antes, por supuesto, de llevarlo a su casa, en donde los familiares muchas
veces serían los últimos en enterarse.
Fue Jefe de Sanidad Civil y Asesor Técnico de
A pesar de tan interesante currículo, del que nosotros éramos ajenos, para mí fue importante, porque era nuestro médico, el que venía a casa cuando teníamos mucha fiebre, por ejemplo, y no teníamos cuerpo ni fuerzas para ir a su consulta y creyendo en nuestra ignorancia de niño que la dichosa fiebre era en sí misma la enfermedad y que nos la quitaba a base de pastillas o incluso de inyecciones, llegado el caso, que aceptábamos por su enorme poder de persuasión y por la fe que teníamos en él, mucho más que en las propias medicinas que nunca nos agradaban; pensando siempre que nos iba a curar inmediatamente. Cuando íbamos a su consulta porque estábamos mejor, tras la visita, salíamos casi nuevos.
Yo pienso que era excepcional, porque era de los pocos médicos que no despertaban miedo, ni siquiera recelos. Veíamos a otros compañeros y amigos a los que hablarles de su médico era como nombrarles al mismísimo diablo y toda su corte. ¡Qué de rabietas en otras consultas! Allí, en la suya, siempre había tranquilidad, se hablaba en voz baja e íbamos a ella sin poner pega de ninguna clase al familiar que nos acompañaba.
Creo que era una persona especial y diferente. Cuando hablábamos, por ejemplo, en aquellos contactos que teníamos con él sobre temas que nada tenían que ver con su profesión ni con la enfermedad en sí, nos sorprendía y de qué manera. Recuerdo que señalaba su mujer que le molestaba tener la luz encendida cuando dormía, pero que se tuvo que acostumbrar a ello con el paso de las múltiples noches, ya que su marido pasaba gran parte de ellas leyendo. Él después nos lo confirmaba, de cada noche con el paso de los años necesitaba dormir menos y con hacerlo de una manera rotunda durante un par de horas, no más, le bastaba para descansar. ¿Qué hacer pues el resto de la noche? Como era un empedernido lector, no sólo de temas profesionales o médicos, sino de todo lo que caía en sus manos que mereciera la pena ser leído, aprovechaba la tranquilidad y el silencio de la noche para su permanente formación, para tener una información amplia y puntual de todo lo que le interesaba y hasta para gozar de la literatura. Así nos lo decía y le creíamos a pie juntilla.
Siempre tuve la impresión de que don Antonio Calduch, al que nunca le faltó el don por nuestra parte, fue un buen médico, pero aún mejor persona, excelente padre de familia y un extraordinario amigo de los niños, a los que entendía estupendamente y a los que observaba permanentemente, sin que nos diéramos cuenta, a través de los cristales oscuros de sus permanentes gafas.
Cuando en 1988 supe de su fallecimiento por medio de familiares míos, de verdad que sentí una enorme tristeza, porque los hombres buenos no debían de morirse tan pronto y menos habiendo dedicado, como le ocurrió a él, toda su vida a los suyos y a aliviar el dolor de sus semejantes.
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