Claro que yo en mi niñez no tenía capacidad para elaborar pensamientos y analogías erótico-canibalescas, me limitaba a contemplarlas con admiración, me fijaba en su áspero tronco sin ramificar; qué distintas a los demás árboles; contemplaba como éste concluía en aquel penacho de hojas persistentes y de gran tamaño, a las que cuando caían en nuestras manos dábamos distintas utilidades y que nos encantaban algunos de sus frutos, en especial, si eran dátiles.
Cuando en alardes circenses los jardineros subían por su delicado y esbelto tronco, ayudándose de unas piezas de hierro curvadas y con dientes, sujetas en sus pies y con una cinta de cuero que se abrazaba y rodeaba su cintura, para despojarlas de sus hojas marchitas, para acicalarlas y asearlas, algunas de ellas eran recogidas por los chicos y como señalé anteriormente, para darles diferentes usos. Las agujas que la formaban, terminadas en puntas, servían para molestar, para jugar a pinchar a los demás; cosa divertida cuando eran otros los que gritaban, joroba y fastidio cuando tú recibías el regalito. Otras las usábamos, sobre todo las más largas, para rodear nuestra frente como si fuéramos pieles rojas y también para colocar un pequeño trozo entre los dedos pulgares, haciendo hueco con el resto de las manos y soplar, produciéndose un silbido prolongado y agudo. Quitando las agujas, el eje nos servía de látigo; en tanto que el resto podía ser utilizado por los habilidosos para construir filigranas, grecas, entrelazándolas como los arabescos y adornos que lucían en las palmas amarillas, ya secas, de las artísticas palmas del Domingo de Ramos, de nuestra Pollinica.
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