jueves, 21 de mayo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJS


RAZÓN CUADRAGÉSIMO SEGUNDA

42.-   Un árbol:   LAS PALMERAS DEL PARQUE HERNÁNDEZ   ( II )


            Es cierto que las palmeras son como las mismas mujeres en algunos aspectos. Son variadas como ellas, las hay altas y esbeltas, aparentemente delicadas, de talle alargado y cimbreante en su delicado movimiento; otras, regordetas, achaparradas, más bajas y bastas. Algunas dan frutos comestibles, dulces como ellas o que sirven para hacer ese paralelismo fácil de que hay damas que están metafóricamente para comérselas.

     Claro que yo en mi niñez no tenía capacidad para elaborar pensamientos y analogías erótico-canibalescas, me limitaba a contemplarlas con admiración, me fijaba en su áspero tronco sin ramificar; qué distintas a los demás árboles; contemplaba como éste concluía en aquel penacho de hojas persistentes y de gran tamaño, a las que cuando caían en nuestras manos dábamos distintas utilidades y que nos encantaban algunos de sus frutos, en especial, si eran dátiles.

                                  

            Son para nosotros como las jirafas del parque, las que siempre asomaban sus cabezas por encima de todas las demás especies arbóreas. Eran las más coquetas, las que más crecían para que sus frutos nos fueran esquivos. Presunción que se acentuaba cuando llegaba el tiempo de la poda para todos sus congéneres; cuando aquellos árboles que rodeaban, junto al cerramiento y por el exterior del parque, en la calle Teniente Coronel Seguí, quedaban como en sus huesos, con una desnudez exagerada y llamativa, absoluta y sin hoja alguna a veces. Y desde mi ventana se hacían todavía más visibles, las veía con gran nitidez y me parecía que se sonreían con una cierta complicidad o quizás por timidez, por qué no, por no tener también que desvestirse ellas.

     Cuando en alardes circenses los jardineros subían por su delicado y esbelto tronco, ayudándose de unas piezas de hierro curvadas y con dientes, sujetas en sus pies y con una cinta de cuero que se abrazaba y rodeaba su cintura, para despojarlas de sus hojas marchitas, para acicalarlas y asearlas, algunas de ellas eran recogidas por los chicos y como señalé anteriormente, para darles diferentes usos. Las agujas que la formaban, terminadas en puntas, servían para molestar, para jugar a pinchar a los demás; cosa divertida cuando eran otros los que gritaban, joroba y fastidio cuando tú recibías el regalito. Otras las usábamos, sobre todo las más largas, para rodear nuestra frente como si fuéramos pieles rojas y también para colocar un pequeño trozo entre los dedos pulgares, haciendo hueco con el resto de las manos y soplar, produciéndose un silbido prolongado y agudo. Quitando las agujas, el eje nos servía de látigo; en tanto que el resto podía ser utilizado por los habilidosos para construir filigranas, grecas, entrelazándolas como los arabescos y adornos que lucían en las palmas amarillas, ya secas, de las artísticas palmas del Domingo de Ramos, de nuestra Pollinica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario