RAZÓN CUADRAGÉSIMO CUARTA
44.- Un "manitas", de los buenos: NUESTRO HERMANO ÁNGEL ( IV )
Pero es que Ángel era además inventor de historias y artilugios tan sencillos como aquello del huevo de Colón. Estando viviendo en Málaga, por ejemplo, uno de los grandes problemas que tenían los empleados y repartidores de las botellas de butano era el de llegar a un bloque de no sé cuántos plantas y pisos en cada una de ellas y saber a dónde dirigirse sin perder tiempo y sin molestar a nadie. Él un día propuso a la comunidad de vecinos su idea para solucionar este ridículo problema, que no era otro que el de recortar en plástico anaranjado una botella como las de butano de unos seis o siete centímetros, en donde iba inscrito en relieve el número del piso y la letra de la puerta.
El vecino cuando salía de su hogar a cualquier hora y si necesitaba una bombona, dejaba aquella muestra colgada en un pequeño tablón que había para tal fin y cuando el repartidor llegaba, la cogía e iba directamente a entregar las dos cosas al solicitante. ¿Sencillo, verdad? Aquello tuvo un cierto éxito en su entorno y se hartó de hacer botellitas de butano. Y aquí entraba en juego otras de sus peculiaridades, la del trajineo o el comercio directo de materias, el trueque. Las botellitas que él fabricaba con todo el esmero del mundo, porque era amante del trabajo bien hecho aunque fueran menudencias, eran vendidas en una tienda del entorno suyo; pero él no las cobraba en dinero, sino en especie, ya que a cambio de ellas conseguía de dicho establecimiento artículos que él necesitaba.
Además, Ángel no era ambicioso, su honestidad y
responsabilidad les salían por todos sus poros. Le gustaba la obra bien hecha y
estoy plenamente convencido que esto lo heredó de su madre, Pepita la modista.
Cobraba por sus trabajos extras lo que él creía justo, en razón del esfuerzo
realizado principalmente, tanto en lo físico como en lo intelectual. Y referido
a este particular, recuerdo una anécdota que nos contó una vez que coincidimos
con él en la bonita localidad malagueña de Nerja. Existía en las cercanías de
su casa un taller de mecánica del automóvil y su dueño, no sé cómo se había
enterado de sus conocimientos acerca de esta materia, hizo amistad con él y
cuando se le presentaban cuestiones algo delicadas, que no sabía cómo
resolverlas acudía a Ángel, que casi siempre las resolvía. El dueño cobraba y
parte de los ingresos obtenidos se los entregaba a mi hermano, al que dicho sea
de paso le venía estupendamente. Un día le llegó al taller un nuevo modelo de
esos automáticos y el hombre no sabía por donde meter mano a tal modernidad;
así que invitó al propietario del vehículo a que lo dejara en el taller,
pensando que lo viera Ángel, para ver si daba con el fallo. Así fue y al
llegar, después de verlo y rascándose la cabeza, que siempre la tuvo grande,
tuvo un momento de inspiración y se fue directamente al grano, apretó algún
chismito o conectó algo suelto y cuando el propietario del taller puso el coche
en marcha andaba y no era para menos, como los ángeles. De la primera
admiración, el del taller pasó al cabreo, porque cuando requirió el parecer de
Ángel para ver cuánto le cobraba al rico dueño del coche, porque cualquiera no
tenía un vehículo de aquellos, éste le respondió con la mayor naturalidad que
nada, pues él había visto lo que había hecho. Nunca supo lo que le cobró, lo
que sí nos contó mi hermano es que salió despotricando como loco y diciendo que
con tanta baratura iban a venir todos los clientes del mundo a aprovecharse de
sus precios y que también había que darle importancia al saber a la primera
tocar el botón correcto... Ángel nos contaba todo esto sin perder su sonrisa.
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