A lo largo de los tiempos cada vez va uno descubriendo lo poquito que sabe, como decía el sabio griego. No menos cierto es que te pasas toda la vida aprendiendo y desgraciado y temido ignorante aquel que piensa que todo lo que tenía que saber ya lo aprendió en sus años de estudiante, por mucho que fueran estos.
Que la misma vida, sin necesidad de instituciones pedagógicas ni de profesionales de la enseñanza, te obliga a aprender, nadie lo puede negar tampoco; de ahí que se hable de que con los palos que te da ella aprendes, que el hambre y la calle te da la viveza del ratón, que las miserias como las del Lazarillo famoso, el de Tormes, te abren el ingenio y te despiertan el seso, que los repetidos golpes despiertan desconfianzas y recelos y que la bondad, que también existe entre el género humano aunque como bien escaso, puede a veces ser escuela de esperanzas.
Sin olvidar aquel otro decir de que la educación hay que mamarla, haciendo clara alusión de que ésta comienza en el mismo seno de la madre y que debe ser soportada principalmente por ese ente, actualmente en crisis, que es la familia. No refiriéndome a que ella sea el resultado simplemente de un sacramento para los cristianos, de un contrato civil regulado o de un rejuntamiento; sino al encuentro por amor de un hombre y una mujer y a sus relaciones con el mismo arma con sus ascendientes y descendientes.
Otro capítulo es el de los lugares donde intentaron
“asesarnos”, unas veces con éxito y otras con el mayor de los fracasos. Eso sí,
entrando lo quieras o no, en el apartado de las estadísticas y lo más
peregrino, en el de las valoraciones del intelecto de cada cual, que es la más
compleja de las capacidades humanas.
Así que el que más y que menos, si no quería apuntarse a la larguísima lista de los analfabetos, para verse obligado en su madurez a engrosar los Centros de Adultos, con el tremendo esfuerzo de sus progenitores, ya que todos los niños no tenían medios para tener unos preceptores ni todos podían marcharse al Seminario de turno, que con uno de cada familia numerosísima ya estaba bien, nos veíamos obligados a coger el pizarrín por primera vez y usarlo sobre el rectángulo de pizarra enmarcado con una caña de madera, en Academias particulares. Eso de contar con un preceptor era cosa de reyes, de privilegiados, que los había también. Y lo de asistir al cole, como ahora, en guarderías casi desde que nace el chico o la chica, o a escuelas infantiles o de preescolar desde los tres a los seis años era impensable, casi pura ciencia-ficción.
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