Al principal acudíamos algunas veces y al patio de butacas, no siendo la matinal, en raras ocasiones. El acomodador de la planta baja, uniformado casi como general, con gorra de plato y hombreras con flequillos dorados, con aquella chaqueta de botones también de oro y con pantalones oscuros con tiras rojas en los laterales, de arriba abajo, y hasta con guantes blancos y con su inseparable linterna, instrumento absolutamente necesario para su trabajo, siempre sonriente y con la mano izquierda permanentemente presta a recibir la correspondiente propina, llamaba nuestra atención, incluso nos impresionaba un poco; al igual que el portero, que igualmente uniformado nos recogía la entrada, la partía y nos entregaba una de las partes, la cual no sabíamos para qué servía y la tirábamos en cualquier lugar.
En el gallinero los porteros iban de paisano y pensábamos nosotros que aún no tenían categoría para merecer tan brillante uniforme; lo mismo que les ocurría a las taquilleras, que curiosamente y salvo raras excepciones casi todas eran feas y mayores, como si estas cualidades fueran garantías de fidelidad en torno a los dineros o por pura coincidencia y que entretenían sus ratos libres, que eran muchos, haciendo calcetas o leyendo novelas de Corín Tellado.
En el Nacional, además de cine se representaban obras de teatro y zarzuelas, de las que en algunas nos ocupamos de su escenografía y de la ejecución de sus decorados. Venían compañías de las llamadas de “varietés” y se celebraban festivales de cante, que lucían en aquel bonito y cuidado escenario al que previamente retiraban la pantalla de cine, que era su principal uso.
Si en su interior era un lugar agradable, con una ornamentación cuidada y grandes lámparas que pendían de su decorado techo, en su exterior no tenía que envidiarle; pues era otra de las obras importantes de nuestro modernismo, proyectada y ejecutada baja la dirección de Enrique Nieto, con una fachada principal que atraía enormemente nuestra atención.
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