RAZÓN TRIGÉSIMO PRIMERA
31.- Una enfermedad infantil: EL SARAMPIÓN ( III )
Curiosamente, yo padecí en algunas temporadas unos
trastornos que debieron de ser de tipo alérgico, cuestión que por aquellos
tiempos no estaba tan atendida como en la actualidad y que me desaparecieron como llegaron, sin darme
cuenta. Era verdaderamente sorprendente, sobre todo me ocurría por las tardes,
después de comer y de la correspondiente siesta sobre una manta extendida sobre
el duro suelo, con almohada incluida, y salía a la calle. Nada más darme el
aire, un picor me acompañaba por todo el cuerpo y tenía la impresión de que me
ponía colorado como un tomate en todo el mismo. Regresaba alarmado a casa y ya
en el largo pasillo del portal encontraba alivio, llamaba al timbre y en tanto
que me abrían la puerta y andaba posteriormente el de mi hogar para llegar al
taller donde se encontraba mi madre para enseñarle las manchas rojizas de mi
piel, éstas habían desaparecido misteriosamente, tomándoselo ellas, mi madre y
las chicas del taller, a broma y quedándome yo todo cariacontecido. Ya no me atrevía
a salir durante un buen rato y cuando lo hacía de nuevo no me volvía a suceder,
con lo que estaba hecho un verdadero lío. Me sucedía en temporadas y no debía
de ser nada grave; pues un día dejó de pasarme aquello y hasta la fecha sólo
guardo su recuerdo.

El elegir el sarampión para este apartado es que
para nosotros fue como una enfermedad llena de curiosidades, que además pasamos
los mellizos juntos, no como en otras enfermedades también contagiosas en que
el primero que la cogía se la pegaba al otro. Tendríamos unos ocho o nueve
añitos porque aún íbamos a la
Academia de don Antonio Martín. Un día aparecimos ante mi
madre, por separado, para enseñarle unos granitos que nos habían salido y que
nos picaban como condenados. De ella sólo recibimos una exclamación de ¡Uy,
uy!, que a nosotros no nos dijo gran cosa, nos echó polvos talcos en los que
vio y nos recomendó que no nos rascásemos. El encuentro de los hijos con las
madres y las palabras de éstas, en general, debe ser un fenómeno algo
relajante; lo cierto es que volvimos a la calle a seguir con nuestros juegos,
que se vieron interrumpidos por la aparición de otros puntitos rojos y por la
vuelta del picor en las zonas donde brotaban, con algunos ya hasta en la cara.
En esta ocasión acudimos a nuestra madre, juntos. Al vernos y levantarnos la
camisa y con cierto rubor por nuestra parte, porque estaban presente las
mujeres del taller y hasta las aprendizas, ya que igualmente nos bajaron los
pantalones para mirarnos las nalgas, el “¡Uy!” anterior se transformó en un
“Está claro, hasta para esto van a ser iguales, los dos han cogido el sarampión
a la vez”. Mi madre, sin estudios de ninguna clase, había nacido para mandar,
para dirigir cotarros y para salir airosa, por lo menos así me lo parecía a mí,
de cualquier situación. ¡Cómo se iba a comparar lo de su viudez, por ejemplo,
con la nimiedad del sarampión de dos de sus hijos!

Lo primero que hizo fue preguntar a todas las
mujeres que allí había, en el taller de costura, si había alguna que no lo
hubiera pasado todavía. Como eran mayores que nosotros, todas lo habían
padecido y no tuvo que obligar a ninguna a que se marchara a su casa, por si
las moscas; además de que decían que el contagio a personas mayores podía ser
mucho más peligroso.

Lo segundo fue mandar a una de las pequeñas a que fuera a
comprar a la papelería un par de pliegos de papel de seda de color rojo, lo que
nos sorprendió sobremanera de momento y del que más tarde supimos cual sería su
destino. Desmanteló el taller en un instante, dejando allí sólo las dos
máquinas de coser Singer que había y se lo llevó al comedor, abriendo dos camas
plegables que había en el pequeño pasillo que existía entre ambas habitaciones.
Nosotros estábamos alucinados, no sabíamos a que respondía tanto trasiego y sentados
en unas sillas bajas no salíamos de nuestro asombro. A mi tía Carmen la mandó
por nuestros pijamas, que nos pusimos a todo volar, en un momento en que todas
las mujeres estaban en el otro cuarto, lo que suponía que la calle se nos
acababa por una temporada, y lo que ya terminó por maravillarnos fue cuando nos
dijo: “Este va a ser vuestro cuarto hasta que se os pase el sarampión”.
Aunque
la jornada no se había terminado en su capítulo de sorpresas. Con tanto trajín
la tarde había llegado a su ocaso e hizo falta encender la luz y cuando alguien
lo hizo la claridad de ésta nos molestó algo en los ojos y pedimos que la
apagaran. También dio tiempo a que la aprendiza trajera el papel rojo, que fue
puesto por Matilde, que era la oficiala más alta, subiéndose en una silla,
alrededor de la bombilla de la lámpara que colgaba en medio de la habitación.
Siendo el otro pliego destinado para rodear la que existía en una lámpara de
pie que había encima del mueble cama del rincón. Encendieron las luces y
aquello parecía el infierno de las películas. ¡Qué sensación más rara,
divertida y llena de incógnitas. Cada cual dio su versión acerca de este
remedio, pues además de molestar menos esta luz, decían que ayudaba a que
brotara cuanto antes el sarampión, cuestión de mimetismo cromático y de
misterio. Lo cierto es que aún soportando las molestias lógicas de la
enfermedad, pasamos unos días en un micromundo diferente gracias a un simple
papel de seda de color y a cuerpo de rey, porque todo nos lo traían al taller,
convertido en improvisado dormitorio nuestro. De verdad que fue divertida
nuestra experiencia con esta enfermedad contagiosa del sarampión.
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