jueves, 9 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES

 
RAZÓN TRIGÉSIMO PRIMERA

31.-  Una enfermedad infantil: EL SARAMPIÓN   ( III )

        Curiosamente, yo padecí en algunas temporadas unos trastornos que debieron de ser de tipo alérgico, cuestión que por aquellos tiempos no estaba tan atendida como en la actualidad y que  me desaparecieron como llegaron, sin darme cuenta. Era verdaderamente sorprendente, sobre todo me ocurría por las tardes, después de comer y de la correspondiente siesta sobre una manta extendida sobre el duro suelo, con almohada incluida, y salía a la calle. Nada más darme el aire, un picor me acompañaba por todo el cuerpo y tenía la impresión de que me ponía colorado como un tomate en todo el mismo. Regresaba alarmado a casa y ya en el largo pasillo del portal encontraba alivio, llamaba al timbre y en tanto que me abrían la puerta y andaba posteriormente el de mi hogar para llegar al taller donde se encontraba mi madre para enseñarle las manchas rojizas de mi piel, éstas habían desaparecido misteriosamente, tomándoselo ellas, mi madre y las chicas del taller, a broma y quedándome yo todo cariacontecido. Ya no me atrevía a salir durante un buen rato y cuando lo hacía de nuevo no me volvía a suceder, con lo que estaba hecho un verdadero lío. Me sucedía en temporadas y no debía de ser nada grave; pues un día dejó de pasarme aquello y hasta la fecha sólo guardo su recuerdo.

                                 

        El elegir el sarampión para este apartado es que para nosotros fue como una enfermedad llena de curiosidades, que además pasamos los mellizos juntos, no como en otras enfermedades también contagiosas en que el primero que la cogía se la pegaba al otro. Tendríamos unos ocho o nueve añitos porque aún íbamos a la Academia de don Antonio Martín. Un día aparecimos ante mi madre, por separado, para enseñarle unos granitos que nos habían salido y que nos picaban como condenados. De ella sólo recibimos una exclamación de ¡Uy, uy!, que a nosotros no nos dijo gran cosa, nos echó polvos talcos en los que vio y nos recomendó que no nos rascásemos. El encuentro de los hijos con las madres y las palabras de éstas, en general, debe ser un fenómeno algo relajante; lo cierto es que volvimos a la calle a seguir con nuestros juegos, que se vieron interrumpidos por la aparición de otros puntitos rojos y por la vuelta del picor en las zonas donde brotaban, con algunos ya hasta en la cara. En esta ocasión acudimos a nuestra madre, juntos. Al vernos y levantarnos la camisa y con cierto rubor por nuestra parte, porque estaban presente las mujeres del taller y hasta las aprendizas, ya que igualmente nos bajaron los pantalones para mirarnos las nalgas, el “¡Uy!” anterior se transformó en un “Está claro, hasta para esto van a ser iguales, los dos han cogido el sarampión a la vez”. Mi madre, sin estudios de ninguna clase, había nacido para mandar, para dirigir cotarros y para salir airosa, por lo menos así me lo parecía a mí, de cualquier situación. ¡Cómo se iba a comparar lo de su viudez, por ejemplo, con la nimiedad del sarampión de dos de sus hijos!


        Lo primero que hizo fue preguntar a todas las mujeres que allí había, en el taller de costura, si había alguna que no lo hubiera pasado todavía. Como eran mayores que nosotros, todas lo habían padecido y no tuvo que obligar a ninguna a que se marchara a su casa, por si las moscas; además de que decían que el contagio a personas mayores podía ser mucho más peligroso.

            Lo segundo fue mandar a una de las pequeñas a que fuera a comprar a la papelería un par de pliegos de papel de seda de color rojo, lo que nos sorprendió sobremanera de momento y del que más tarde supimos cual sería su destino. Desmanteló el taller en un instante, dejando allí sólo las dos máquinas de coser Singer que había y se lo llevó al comedor, abriendo dos camas plegables que había en el pequeño pasillo que existía entre ambas habitaciones. Nosotros estábamos alucinados, no sabíamos a que respondía tanto trasiego y sentados en unas sillas bajas no salíamos de nuestro asombro.             A mi tía Carmen la mandó por nuestros pijamas, que nos pusimos a todo volar, en un momento en que todas las mujeres estaban en el otro cuarto, lo que suponía que la calle se nos acababa por una temporada, y lo que ya terminó por maravillarnos fue cuando nos dijo: “Este va a ser vuestro cuarto hasta que se os pase el sarampión”.
                       
                                            
    
            Aunque la jornada no se había terminado en su capítulo de sorpresas. Con tanto trajín la tarde había llegado a su ocaso e hizo falta encender la luz y cuando alguien lo hizo la claridad de ésta nos molestó algo en los ojos y pedimos que la apagaran. También dio tiempo a que la aprendiza trajera el papel rojo, que fue puesto por Matilde, que era la oficiala más alta, subiéndose en una silla, alrededor de la bombilla de la lámpara que colgaba en medio de la habitación. Siendo el otro pliego destinado para rodear la que existía en una lámpara de pie que había encima del mueble cama del rincón. Encendieron las luces y aquello parecía el infierno de las películas. ¡Qué sensación más rara, divertida y llena de incógnitas. Cada cual dio su versión acerca de este remedio, pues además de molestar menos esta luz, decían que ayudaba a que brotara cuanto antes el sarampión, cuestión de mimetismo cromático y de misterio. Lo cierto es que aún soportando las molestias lógicas de la enfermedad, pasamos unos días en un micromundo diferente gracias a un simple papel de seda de color y a cuerpo de rey, porque todo nos lo traían al taller, convertido en improvisado dormitorio nuestro. De verdad que fue divertida nuestra experiencia con esta enfermedad contagiosa del sarampión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario