Otro día o cualquier noche aparecías con fiebre sin saber de qué, te tocaban la frente primero y si dabas calor, que tú eras el que lo notabas mejor, te ponían el termómetro en las axilas, obligándote a que no movieras el brazo donde lo tenías puesto durante por lo menos cinco minutos, sin exagerar, y que se te hacían interminables, preguntando a cada momento cuánto faltaba. Podía ser el inicio de un ligero resfriado o unas anginas, de tanto correr decían los mayores y de beber agua fría o de tomar los polos de Morilla; luego venía la abundante mucosidad, las toses, los estornudos, los dolores de cabeza, los escalofríos y terminabas en la cama después de hacerte ingerir una media aspirina y un tazón de leche caliente, lo que te hacía sudar como un cochino, empapando toda la ropa tuya y de la cama entera. Si venía acompañado de tos te daban aquellos jarabes, que por lo menos existían algunos que estaban malos pero algo azucarados y si te costaba respirar te untaban el “Vicks VapoRub” en el pecho, dejando impregnada toda la habitación de su fuerte y penetrante olor.
Cuando el enfriamiento se agravaba, que ni la fiebre
bajaba y la tos no te dejaba pegar un ojo durante toda la noche, ni a ti ni a
los que estaban pendientes de tu enfermedad, entonces el médico acudía a la
recién descubierta penicilina, que venía en aquellos botecitos con tapón de
goma anaranjado y cubierta alrededor metálica. Unas cuantas inyecciones, que
dolían muchísimo, en el trasero acababan con aquél; pero salías molido. Cómo no
acordarme de aquella figura tan importante y poco deseada del Practicante, de
su equipo de trabajo y de su ceremonial. Nada más entrar en casa con su
puntualidad característica se le preparaba la inyección, un plato con un vaso
con agua, el bote del alcohol y el rollo de algodón. Él extraía de su cartera
de cuero el recipiente metálico en donde guardaba la jeringa y las agujas. En
la tapadera vertía un poco de alcohol y en la mayor, después de echarle agua,
introducía la jeringa y la aguja; hacía arder el combustible y la colocaba
encima, hirviendo rápidamente el agua para la desinfección de sus herramientas
de trabajo; ya que por aquellos tiempos
no existía en estos artículos el lujo actual de usar y tirar. Todo tenía su tiempo
y una vez que se enfriaba algo procedía a su preparación, que la mayoría no
queríamos ni ver cuando éramos los dolientes.
Si te veían desganado, que en el caso nuestro era síntoma evidente de que algo no funcionaba bien en nuestro organismo, o algo más ligero de peso, acudían a los reconstituyentes, porque la medicina tenía mucho de casera, de tener en cuentas las experiencias ya vividas y al médico sólo se acudía cuando la cosa se veía seria. Entre estos estaban unos complejos vitamínicos que venían en botes de lata que parecían como gusanitos y del color actual del cola-cao; las cucharadas de calcio, líquido blanco y pastoso, muy bueno para los huesos y para el crecimiento, nos decían, y los que nosotros llamábamos “ponches” caseros, que nos costaban la propia vida tomarlo y que estaban conformados por un cuarto de vaso de vino dulce y un huevo crudo, yema y clara sin batir, que había que beberlo de un tirón. Todo iba bien hasta que te llegaba la hora de tragar la yema. Sin olvidar a la quina Santa Catalina, que no estaba mal y al aceite de hígado de bacalao, que sabía a perros muertos, aunque nunca habíamos tomado dicho animal ni vivo ni difunto.
Luego, otro día comprobaban que estabas más gordito de cara, que te molestaba al tragar y que te daba fiebre; miraban tu garganta y no la tenías ni inflamada ni rojiza; pero la cara se te seguía hinchando más y más, como un pepón. Llamaban entonces al médico y su diagnóstico era inmediato, el niño tiene las glándulas parótidas inflamadas, que dicho en cristiano quería decir que tenía paperas; así que no salga a la calle y por su carácter infeccioso que se le retire de otros pequeños que no la hayan pasado. En mi caso esto era imposible, pues cualquiera de los dos que se veía afectado por algo infeccioso se lo traspasaba al otro, casi con sólo mirarlo; lo que equivalía a que aquellas paperas no las padecí solo, que mi hermano mellizo me acompañó con las suyas. Por lo menos ésta tenía una ventaja por aquello del posible contagio a otros pequeños, como era la de no tener que ir al cole durante unos pocos de días.
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