Hablar de enfermedad cuando apenas se acaba de
llegar a la vida parece un contrasentido, ¿verdad?; pero sólo me voy a referir
a aquellos males que nos acompañaron en la época de los pocos años, habituales
por otra parte, que produjeron que nuestro organismo no funcionara bien por
poco tiempo y que el daño fuera mínimo, principalmente por la atención
inmediata recibida y por la sabia reacción de nuestro propio ser contra
aquellos.
Prefiero hablar de aquellos males pasajeros de los que no nos vimos libres en nuestra infancia casi ninguno de nosotros. Yo, como fui bastante comilón, entrando en competición permanente con mi otro mellizo para ver cuál de los dos era el que dejaba el plato más limpio, tuve que padecer y sufrir las consecuencias lógicas de tantas harturas, convertidas en empachos que te llevaban a los dolores de tripa, a la reprimenda por parte de los mayores, a las vomiteras y a los purgantes mágicos para lavarte el estómago, cosa que no entendíamos bien; pues no nos podíamos creer que aquello tan malo como era el aceite de ricino o el agua de carabaña pudieran servir para limpiar nada. Y no digamos cuando por igual motivo te veías obligado a soportar los efectos de la irrigación o lavativa que te introducían por vía anal con aquella especie de pera de color naranja que con sólo verla te producía pánico.
Otra de las enfermedades del aparato digestivo también frecuente entre la gente menuda era la que iba acompañada de las diarreas, que nos obligaba a evacuaciones frecuentes de excrementos líquidos o semilíquidos y que no siempre nos avisaba con tiempo como para poder llegar al retrete con éxito, lo que tenía como consecuencia el manchar los calzoncillos y algo más que a éstos, acompañado de un fuerte y desagradable olor que te llevaba al lavado inmediato de tu cuerpo y al cambio automático y casi por completo de la ropa. Supongo que a las niñas les ocurriría lo mismo y estoy convencido de que aún lo pasarían peor que nosotros, ya que por aquellos años, en general, eran mucho más vergonzosas. En nuestro hogar, seguro que al igual que en todos, se arreglaba este desaguisado con una dieta blanda, pasando más hambre, como decían algunos, que un mono en un alambre, a base principalmente de alimentos astringentes como arroz en blanco, que se te ponían hasta los ojitos como los chinos de tanto ingerirlo y pescada hervida, que no nos sabía a nada.
Luego te veías con el problema contrario, pues te venía el estreñimiento y te arreglaban con laxantes y vueltas a las purgas. Lo mejor era no preocuparse en demasía por estas cuestiones superficiales y pasajeras, echarles poca cuenta y seguir siempre los consejos de los mayores que siempre querían lo mejor para nosotros; aunque no faltaran momentos en que ello lo poníamos en tela de juicio.
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