RAZÓN TRIGÉSIMO QUINTA
35.- Un "tontódromo" en determinadas horas: LA AVENIDA ( V )
Así era la Avenida de mis tiempos, con más grandezas que
miserias y por donde era mayor su esplendor en los desfiles procesionales de
nuestra peculiar Semana Santa y en los militares del Día de la Victoria, ante los que la
chiquillería alucinaba y que por supuesto nunca nos queríamos perder. Luego, ya
siendo algo mayor, vimos ambos con un sentido más crítico y despertaron en
algunos de nosotros muchos interrogantes, algunos sin respuestas todavía.

Nuestra Semana Santa culminaba en la Avenida, por
donde tenían que procesionar todos los pasos de la ciudad, en cuyas aceras se
ponían sillas y hasta palcos en las proximidades de la iglesia del Sagrado
Corazón de Jesús. Lo mismo ocurría en los desfiles militares, pues nuestra
Avenida era el lugar donde todos los ejércitos querían lucirse ante la tribuna
instalada para las autoridades civiles y militares de la ciudad, acompañadas de
sus respectivas familias que tenían este privilegio como en todo el mundo y en
donde a todo su largo más gente se congregaba para presenciarlos.
Lo que más nos gustaba a todos los pequeños eran los
abundantes contrastes de los mismos. Además de aquellas capas blancas que se
mecían al aire y que acompañaban al uniforme de los de la Mehal-la y su lento
caminar al son de las gaitas o de las chirimías, era la velocidad de los
legionarios, esa chulería de dejarle ventaja a los demás, que así lo entendíamos
nosotros, y el tronar a un ritmo más acelerado de los tambores y cornetas de su
banda, que hacía brotar inmediatamente los aplausos de la concurrencia. Ese
andar tan rápido y marcial que nos ponía a los pequeños la carne de gallina y
que en un abrir y cerrar de ojos desaparecían de nuestra vista, quedándonos
después solamente con el sonido de la banda de música que se alejaba, con el
rítmico y acelerado pisar de la tropa y con las palmas del público que se
reproducían a su paso como una verdadera ola.
Así fue mi Avenida durante mi niñez y juventud, otro
rincón de la ciudad de la que siempre me sentí muy orgulloso y que no dejo de
visitar, aunque ahora la veo de otra manera muy distinta y bajo otras
perspectivas, cuando tengo la fortuna de encontrarme en la que nunca dejará de
ser mi ciudad, Melilla.
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