Era un ir y venir sencillamente porque sí, no por
prescripción facultativa como ahora, que a todo los pacientes los médicos
recomiendan el caminar. Y en bastantes ocasiones resultaba tan aburrido que
deseabas largarte a casa, pero no lo conseguías; era como si estuvieras
enganchado a este andar y desandar lo andado. Así un día y otro día, sin fallar
ninguno. En las vísperas de festivos y estos hasta te arreglabas mejor,
cuidabas más tu indumentaria, te echabas brillantina en el pelo, aprendías a
caminar como el cowboy de las películas del oeste americano y ellas como patos,
haciendo equilibrios sobre los primeros tacones.
De verdad que en no pocos momentos te sentías algo tontorrón, se te ponía cara de idiota, de bobo; de ahí que estuviera justificado aquel apelativo de “Tontódromo” con el que podríamos definir a nuestra Avenida en esas horas, porque se convertía en el lugar de encuentro donde competían y se lucían los tontos, gastando suelas de los calzados en aceras y calzada sin ton ni son.
Anécdotas se dieron múltiples y recuerdo entre ellas una que alteró aquellos días la rutina de tan celebrado y céntrico paseo y no me refiero a los conatos de peleas entre grupos de jóvenes de distintas pandillas ni a los enfrentamientos verbales entre jóvenes de distintos sexos, ni siquiera a las bullas habituales que se originaban por nada y que desaparecían con la misma prontitud, ni tampoco a la presencia intimidatoria de la pareja de policías que invitaba a guardar las formas; sino a una muy divertida y concreta.
Paseábamos por la Avenida como tantos otros días en una anochecida del verano melillense, calurosa, ya con las luces encendidas y con un cielo totalmente despejado y plagado de estrellas, cuando comenzó a caer sobre los paseantes de una de las aceras un agua menuda, como de lluvia que se dibujaba al caer cercana a la luz de la farola próxima, causándoles una notable sorpresa primero e indignación más tarde, ya que sólo llovía en dos puntos muy concretos. Ante los gritos y palabras de malestar, la gente comenzó a mirar hacia arriba y se arremolinó en los alrededores del hecho, por curiosidad y para enterarse de lo que estaba pasando, creándose la lógica confusión.
Pronto cesó la improvisada y escasa llovizna, cuando se acabó el contenido del surtidor que la originó. La policía acudió, cosa rara, inmediatamente y siguiendo las indicaciones del gentío, fijó su mirada en una de las azoteas de donde procedió el chirimiri efímero. Subieron a la misma y encontraron a los autores de la chiquillada, creándose en la espera una expectativa en torno a lo ocurrido, que poco a poco fue desapareciendo hasta volverse a la rutina de siempre. Pasado un buen rato, algo más de una hora y cuando el paseo comenzaba a despoblarse, los que quedaban en él, entre los que me encontraba por puro azar, ya que yo era de los que me cansaba bien pronto y no tenía dificultades en marcharme a casa, pudimos comprobar como del portal salía la pareja de policías acompañando a dos jóvenes algo mayores que yo, sonrientes y con las armas de sus delitos en sus manos, que no eran otras que unas hermosas regaderas. Abucheos, risotadas, silbidos y algunos insultos, no hicieron alterar el rostro sonriente de aquellos jóvenes, que impasibles caminaban sin titubear delante de los abochornados policías que lo conducían hacia la comisaría más cercana.
Uno de ellos era un conocido hijo de un jefe militar importante de la ciudad y el otro un buen amigo de la Península que pasaba unos días con él y que se prestó a tal broma y que afortunadamente para ellos no tuvo importantes consecuencias. Nosotros lo conocíamos, como se suele decir, de vista y nos contaron los que le conocían de verdad que traía loca a toda la familia y que su comportamiento tan irresponsable contrastaba con la seriedad de su progenitor, ya que no era la primera vez ni sería la última de sus trastadas si no le ponían remedio o llegase un día en que cambiara.
El castigo fue original por tratarse de quien se
trataba y éste creo más revuelo que la misma gamberrada. La autoridad cometió
la equivocación de creer que para vergüenza del joven sería suficiente con que
se paseara por
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