Visitar Melilla y conocer su arteria principal es algo inevitable. En todas las ciudades hay una calle que se convierte en la más importante, no porque sea más o menos larga o ancha, por su estética o por su urbanismo, porque sea el centro comercial; sino porque así lo quieren sus habitantes, además de las razones anteriores.
¿Qué se puede decir de nuestra Avenida? Ya que así la conocíamos y no necesitaba de apellidos. Claro y aún sin ser monárquico, me quedo con los actuales, que hacen referencia al Rey Juan Carlos I; pues detesto los anteriores, los que me tocaron vivir en mi niñez y juventud, que hacían honor, dentro de la lógica de los tiempos, al Generalísimo.
Menos mal que para nosotros era sólo la Avenida, con mayúsculas, para diferenciarla de todas las demás existentes en la ciudad, que se quedaron con el apelativo de calle, en aquellos años, sin atreverse a pujar con aquella.
Por qué la importancia de este lugar dentro de una ciudad vieja y moderna al mismo tiempo para pequeños como nosotros, pues por diferentes razones que paso a explicar a continuación.
La calle en general, cualquiera que fuera, lo que hoy entendemos por calzada, no presentaba antaño el riesgo de la actualidad, ya que el tráfico rodado era escaso, bastante reducido; a veces pasaban minutos y minutos sin que ningún vehículo la transitara y si lo hacía era a velocidad reducida; por lo que podíamos incluso gozar de nuestros juegos de correrías, como el “Pilla pilla”, por ejemplo, atravesándola con tranquilidad. Notable diferencia, ¿verdad? Sin embargo, no por ello no se tomaban las debidas precauciones, como echar algún ojillo para evitar posible susto, ya que a los vehículos se les veían venir y en especial, se les oía, pues sus motores eran infinitamente más ruidosos que casi los silenciosos de ahora.
Volviendo a la que me ocupa ahora puedo señalar que estaba también relativamente cercana a nuestra calle Teniente Coronel Seguí, ya que si cruzábamos el parque Hernández y dejando atrás las calles Marina y O´Donnell, nos dábamos con ella.
De niño la visitábamos por tres cuestiones fundamentales: porque cuando estábamos apunto de terminar las colecciones de estampas y ya no encontrábamos sobres en el quiosco de María, ni en el de la salida central del parque que daba a la calle Marina, a la que raramente dábamos el calificativo de General, seguro que los había en Casa Boix que se encontraba en el corazón de aquella importante arteria melillense; al igual que nos ocurría con los números que nos faltaban de los tebeos coleccionables, como El Guerrero del Antifaz o los de Hazañas Bélicas, por ejemplo. Porque allí nunca faltaban los recortables de soldados de todos los ejércitos, con los que nos inventábamos nuestras propias y particulares guerras una vez recortados y puestos en pie con su doblez de la base y matados a base de bolazos y grandes gritos y ruidos fabricados con la boca que imitaban toda clase de disparos. Los de construcciones tan variados: casas, palacios, castillos, aviones y barcos, entre otros.
Y en especial los de los Belenes cuando
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