viernes, 24 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO CUARTA

34.-   Dos buenos amigos:   LUCIATO TEJEDOR Y TERE   ( III )

        Ellos también nos visitaban al pueblo y a nuestras casas; la de Clemente y la mía, eran las suyas. Recuerdo aquellos veranos, creo que fueron dos o tres, en que nos visitaron unas veces con las niñas y otras sólo la pareja, casi de paso, pero incluyendo casi siempre El Viso del Alcor en su ruta a tierras gallegas o de regreso de cualquier rincón de España, que a los dos les encantaba viajar. Coincidiendo por ser verano en nuestra estancia en una pequeña finca que nos dejaba don Manuel de los Santos, el médico del pueblo, a la que llamábamos el “Campito”, por sus dimensiones y en donde la gente menuda lo pasaba bomba, estando el mayor tiempo posible metidos en la piscina para mitigar el calor, jugando en el césped que la rodeaba o dormitando bajo la monumental higuera que ocupaba uno de sus rincones; en tanto que los mayores, además de refrescarnos también en la piscina y con las bebidas propias del estío sevillano, lo hacíamos fenomenal a la hora de yantar. Luciano y Tere en cada posterior encuentro siempre nos preguntaban si seguíamos disfrutando de aquel campo, porque en él pasaron con nosotros veladas muy divertidas y agradables; llamándole la atención aquel señor que guardaba la finca, producto típico del agro andaluz, portadores de la sabiduría popular de esta bendita tierra, sin haber pisado en su vida una escuela que no fuera la de su vida, por dos repetidas frases, la de “Eso ni se sabe” y la de que “Comíamos como buitres” y al que conocíamos como el “Pezcue”.


            Otra de las virtudes de Luciano es la de su agradable y fluida escritura. Aún guardo entre mis papeles postales de algunos de sus viajes, como aquel que hicieron a México, en unión de los suyos, cuando todavía este país no era destino casi obligado de muchas parejas de recién casados como ocurre en la actualidad y sí ruta de curiosos y aventureros como lo eran ambos. O aquella otra carta que recibí con motivo de, por el azar de la vida, ser elegido como alcalde en mi pueblo de residencia, llena de sabios consejos, de sentidos deseos de éxito en la gestión y con el encanto que caracterizaban a todos sus escritos.

        Fueron Luciano y Tere permanentes animadores para que expusiéramos nuestras obras en Melilla; especialmente en aquella del año 1979 en la Sala de Arte de la Delegación de Cultura, donde ya trabajaba él realizando una labor encomiable en la defensa y recuperación del patrimonio histórico de nuestra ciudad, sita en la calle General Bertomeu y en la que expusimos óleos, témperas y plumillas o en la del verano siguiente, en vista de la acogida extraordinaria que tuvimos en la anterior por parte de nuestros paisanos y como gratitud a ello, ya que sólo había pasado poco más de medio año, ocho meses en concreto. Pero es que Luciano no sólo propiciaba éstas, sino que luego retrataba desde su perspectiva el contenido de las mismas a través de dos artículos llenos de interés para nosotros, advirtiendo de antemano que estaban al margen de la crítica y que tituló con “Reencuentro con la pintura de los Hermanos Calabuig” y “Los Hermanos Calabuig, notarios del pasado”, poniendo de manifiesto el conocimiento que tenía más de nuestras personas que de nuestras obras y su saber en torno a nuestra común Melilla la Vieja, por la que tanto luchó permanentemente.


            Hombre culto y sin renunciar nunca a sus raíces, Luciano, ya en el año 1970 y con motivo de nuestra exposición en la Coruña, en una carta respuesta en la que nosotros le exponíamos nuestros proyectos por su tierra y deseábamos, entre otras cosas, información acerca del aumento del número de integrantes de su familia, nos hablaba de su Rosalía de Castro, de aquella universal gallega de las letras y refiriéndose en alusión directa a su obligada emigración nos señalaba aquellos versos llenos de auténtica y sentida morriña de:

“Este vaise e aquel vaise,
e todos, todos se van 
Galicia, sin homes quedas...”

     O nos recordaba a Curros Enríquez, lleno de nostalgia, diciéndole a las golondrinas:

 “Quén pudera dar volta...,,quén pudera con vosco voar!”

         Y me enviaba un escrito sobre las vísperas de San Juan, en donde en Galicia el fuego también se hace magia, como en ningún otro lugar de la Tierra, para que yo le diera mi parecer. Anunciándome que siguiéramos el intercambio de discos que teníamos desde hacía tiempo y los que me tenía guardados y terminando con el parte solicitado de la situación familia, desde su domicilio en San Quintín, casi recién nacida la pequeña Yolanda Patricia, convertida en juguete para Alejandra, con su permanente alegría, y para la primogénita María del Mar, con su precoz madurez y de Tere, cuyo parto había sido estupendo y ya estaba recuperada y qué remedio le quedaba, añado yo.

 

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