Ellos también nos visitaban al pueblo y a nuestras
casas; la de Clemente y la mía, eran las suyas. Recuerdo aquellos veranos, creo
que fueron dos o tres, en que nos visitaron unas veces con las niñas y otras
sólo la pareja, casi de paso, pero incluyendo casi siempre El Viso del Alcor en
su ruta a tierras gallegas o de regreso de cualquier rincón de España, que a
los dos les encantaba viajar. Coincidiendo por ser verano en nuestra estancia
en una pequeña finca que nos dejaba don Manuel de los Santos, el médico del
pueblo, a la que llamábamos el “Campito”, por sus dimensiones y en donde la
gente menuda lo pasaba bomba, estando el mayor tiempo posible metidos en la
piscina para mitigar el calor, jugando en el césped que la rodeaba o dormitando
bajo la monumental higuera que ocupaba uno de sus rincones; en tanto que los
mayores, además de refrescarnos también en la piscina y con las bebidas propias
del estío sevillano, lo hacíamos fenomenal a la hora de yantar. Luciano y Tere
en cada posterior encuentro siempre nos preguntaban si seguíamos disfrutando de
aquel campo, porque en él pasaron con nosotros veladas muy divertidas y
agradables; llamándole la atención aquel señor que guardaba la finca, producto
típico del agro andaluz, portadores de la sabiduría popular de esta bendita
tierra, sin haber pisado en su vida una escuela que no fuera la de su vida, por
dos repetidas frases, la de “Eso ni se sabe” y la de que “Comíamos como
buitres” y al que conocíamos como el “Pezcue”.
Otra de las virtudes de Luciano es la de su agradable y fluida escritura. Aún guardo entre mis papeles postales de algunos de sus viajes, como aquel que hicieron a México, en unión de los suyos, cuando todavía este país no era destino casi obligado de muchas parejas de recién casados como ocurre en la actualidad y sí ruta de curiosos y aventureros como lo eran ambos. O aquella otra carta que recibí con motivo de, por el azar de la vida, ser elegido como alcalde en mi pueblo de residencia, llena de sabios consejos, de sentidos deseos de éxito en la gestión y con el encanto que caracterizaban a todos sus escritos.
Fueron Luciano y Tere permanentes animadores para
que expusiéramos nuestras obras en Melilla; especialmente en aquella del año
1979 en la Sala de Arte de la Delegación de Cultura, donde ya trabajaba él
realizando una labor encomiable en la defensa y recuperación del patrimonio
histórico de nuestra ciudad, sita en la calle General Bertomeu y en la que
expusimos óleos, témperas y plumillas o en la del verano siguiente, en vista de
la acogida extraordinaria que tuvimos en la anterior por parte de nuestros
paisanos y como gratitud a ello, ya que sólo había pasado poco más de medio
año, ocho meses en concreto. Pero es que Luciano no sólo propiciaba éstas, sino
que luego retrataba desde su perspectiva el contenido de las mismas a través de
dos artículos llenos de interés para nosotros, advirtiendo de antemano que
estaban al margen de la crítica y que tituló con “Reencuentro con la pintura de
los Hermanos Calabuig” y “Los Hermanos Calabuig, notarios del pasado”, poniendo
de manifiesto el conocimiento que tenía más de nuestras personas que de
nuestras obras y su saber en torno a nuestra común Melilla
Hombre culto y sin renunciar nunca a sus raíces, Luciano, ya en el año 1970 y con motivo de nuestra exposición en la Coruña, en una carta respuesta en la que nosotros le exponíamos nuestros proyectos por su tierra y deseábamos, entre otras cosas, información acerca del aumento del número de integrantes de su familia, nos hablaba de su Rosalía de Castro, de aquella universal gallega de las letras y refiriéndose en alusión directa a su obligada emigración nos señalaba aquellos versos llenos de auténtica y sentida morriña de:
O nos recordaba a Curros Enríquez, lleno de nostalgia, diciéndole a las golondrinas:
“Quén pudera dar volta...,,quén pudera con vosco voar!”
Y me enviaba un escrito sobre las vísperas de San
Juan, en donde en Galicia el fuego también se hace magia, como en ningún otro
lugar de
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