lunes, 20 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO TERCERA

33.-   Un pulmón verde: EL PARQUE HERNÁNDEZ    ( VI ) 

       Uno de los alicientes mayores para nosotros y aunque del mismo sólo gozábamos unos pocos días al año, los que duraban las fiestas de septiembre con sus vísperas y novenas, era la Caseta Municipal, que se instaló siempre en la zona del parque más cercana a nuestra vivienda, la zona de los “patos”. Construían o por lo menos así nos lo parecía una artística puerta de entrada con sus taquillas laterales, los árboles se llenaban de luces de colores que aumentaban en la pista, en cuyo fondo montaban el gran escenario para las actuaciones y las orquestas y que en sus alrededores contaba con los palcos y las sillas para que se sentaran los asistentes a las bulliciosas veladas.


            Nos vestían para la sesión infantil con las mejores galas, de punta en blanco y nunca mejor dicho, pues predominaban las camisas y pantalones, todavía cortos, de tal color, zapatos gorilas, aquellos de suelas de goma y por los que te daban una pelotita verde, y calcetines también blancos e inmaculados. Nos daban dinero para la entrada, para un refresco y para alguna chuchería y todos dispuestos a participar en mayor o menor grado en los juegos que organizaban los animadores de la fiesta, que generalmente eran unos payasos, para conseguir algunos de los premios que otorgaban a los ganadores.

            Lo pasábamos tan estupendamente que no nos dábamos cuenta del paso del tiempo; la noche se venía rápidamente encima, la velada se encendía y como en un abrir y cerrar de ojos nos veíamos camino de casa para dejar el lugar para los mayores, con buenas orquestas, baile y atracciones más variadas. Nosotros, si estábamos en casa, porque no comenzaba demasiado pronto, pero sí a una hora que los pequeños podíamos ya estar recogidos, no las veíamos, aunque sí que las escuchábamos claramente o mejor dicho, mezcladas con el variopinto sonido o ruido, como quiera entenderse, de la música andaluza, la copla, la marroquí, las voces de la gente que cuánto más ruido hay más fuerte habla y los variadísimos pregones y reclamos siempre en alta voz.

     Otros personajes y de una presencia vital para el mismo, a pesar de que no contaban con nuestra admiración precisamente, por lo menos con nuestros pocos años así de mal los veíamos, eran los guardas del parque, con sus uniformes característicos, donde no faltaban como complementos la porra y el silbato. Guardas a los que incluso teníamos como enemigos, como los que nos hacían la pascua; pensamiento de entonces contrario a la realidad, ya que éramos nosotros los que los martirizábamos o en su justo término, algunos de los que justificábamos su misma existencia.


            Cuántas travesuras sorprendidas, cuántas carreras y huidas, cuántas bromas a costa de falsas alarmas relativas a su presencia y que como en el cuento del lobo, en ocasiones, por reiteradas y no creídas, cuando era real, infinitos disgustos que nos creaban. Cuántos miedos disimulados y cuánta alegría y regocijo al huir y escapar con éxito de sus manos. Garras que alguna vez nos asieron porque no éramos pequeños supermanes, que nos hicieron brotar lágrimas de cocodrilos en la mayoría de las veces, teatrales para despertar compasiones y que nos llevaba a una situación angustiosa de larga espera, aún en la cortedad temporal y que afortunadamente terminaba con una retahíla de amenazas, con un buen sermón y una invitación, si no queríamos pasar en la próxima a mayores, a una contrición, a lo que no cesábamos de asentir con movimientos afirmativos de cabeza, sin decir palabra alguna y deseando de escapar de aquellas manos convertidas en zarpas.

         Y es que no nos dejaban vivir, pensábamos totalmente convencidos de ello.

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