RAZÓN TRIGÉSIMO TERCERA
33.- Un pulmón verde: EL PARQUE HERNÁNDEZ ( VI )
Uno de los alicientes mayores para nosotros y aunque
del mismo sólo gozábamos unos pocos días al año, los que duraban las fiestas de
septiembre con sus vísperas y novenas, era la Caseta Municipal,
que se instaló siempre en la zona del parque más cercana a nuestra vivienda, la
zona de los “patos”. Construían o por lo menos así nos lo parecía una artística
puerta de entrada con sus taquillas laterales, los árboles se llenaban de luces
de colores que aumentaban en la pista, en cuyo fondo montaban el gran escenario
para las actuaciones y las orquestas y que en sus alrededores contaba con los
palcos y las sillas para que se sentaran los asistentes a las bulliciosas
veladas.

Nos vestían para la sesión infantil con las mejores
galas, de punta en blanco y nunca mejor dicho, pues predominaban las camisas y
pantalones, todavía cortos, de tal color, zapatos gorilas, aquellos de suelas
de goma y por los que te daban una pelotita verde, y calcetines también blancos
e inmaculados. Nos daban dinero para la entrada, para un refresco y para alguna
chuchería y todos dispuestos a participar en mayor o menor grado en los juegos que
organizaban los animadores de la fiesta, que generalmente eran unos payasos,
para conseguir algunos de los premios que otorgaban a los ganadores.
Lo pasábamos tan estupendamente que no nos dábamos
cuenta del paso del tiempo; la noche se venía rápidamente encima, la velada se
encendía y como en un abrir y cerrar de ojos nos veíamos camino de casa para
dejar el lugar para los mayores, con buenas orquestas, baile y atracciones más
variadas. Nosotros, si estábamos en casa, porque no comenzaba demasiado pronto,
pero sí a una hora que los pequeños podíamos ya estar recogidos, no las
veíamos, aunque sí que las escuchábamos claramente o mejor dicho, mezcladas con
el variopinto sonido o ruido, como quiera entenderse, de la música andaluza, la
copla, la marroquí, las voces de la gente que cuánto más ruido hay más fuerte
habla y los variadísimos pregones y reclamos siempre en alta voz.
Otros personajes y de una presencia vital para el
mismo, a pesar de que no contaban con nuestra admiración precisamente, por lo
menos con nuestros pocos años así de mal los veíamos, eran los guardas del
parque, con sus uniformes característicos, donde no faltaban como complementos
la porra y el silbato. Guardas a los que incluso teníamos como enemigos, como
los que nos hacían la pascua; pensamiento de entonces contrario a la realidad,
ya que éramos nosotros los que los martirizábamos o en su justo término,
algunos de los que justificábamos su misma existencia.

Cuántas travesuras sorprendidas, cuántas carreras y
huidas, cuántas bromas a costa de falsas alarmas relativas a su presencia y que
como en el cuento del lobo, en ocasiones, por reiteradas y no creídas, cuando
era real, infinitos disgustos que nos creaban. Cuántos miedos disimulados y
cuánta alegría y regocijo al huir y escapar con éxito de sus manos. Garras que
alguna vez nos asieron porque no éramos pequeños supermanes, que nos hicieron
brotar lágrimas de cocodrilos en la mayoría de las veces, teatrales para
despertar compasiones y que nos llevaba a una situación angustiosa de larga
espera, aún en la cortedad temporal y que afortunadamente terminaba con una
retahíla de amenazas, con un buen sermón y una invitación, si no queríamos
pasar en la próxima a mayores, a una contrición, a lo que no cesábamos de
asentir con movimientos afirmativos de cabeza, sin decir palabra alguna y
deseando de escapar de aquellas manos convertidas en zarpas.
Y es que no nos dejaban vivir, pensábamos totalmente
convencidos de ello.
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