Hay niños que desde su más tierna infancia saben lo
que quieren ser de mayor y todos los pasos que van dando en su vida, que no son
pocos, van encaminados a conseguir su meta; como aquellos que se pirran por las
cerillas y los mecheros, por encender papeles y pajitas secas y que hasta que
no terminan incendiando el bosque, convertidos en crueles pirómanos, no
descansan en paz, o aquellos otros que van para cirujanos y desde su niñez
cortan los rabos a las lagartijas para ver como estos siguen moviéndose,
seccionan las ancas de las ranas capturadas en las charcas o abren el vientre
de un camaleón después de emborracharlo con un cigarro introducido en su boca,
para ver que hay en sus entrañas, cosiéndolo después con agujas e hilos
corrientes como actividades lúdicas preferidas.
No son como la mayoría, que un día quieren ser caballo para ganar en todas las carreras, bomberos para apagar los fuegos de los anteriores y ser al mismo tiempo usuario de ese coche rojo con escaleras enormes, mangueras larguísimas y una sirena que se oye por todas partes; futbolista para ganar mucho dinero, Rey Mago para trabajar un día al año, jilguero para volar o astronauta para viajar por el espacio y encontrarse con Flash Gordon o ETE y llegar al planeta rojo, para cada día cambiar de anhelos y de personajes, porque son realmente muy pequeños para fijar su futuro.
Su enorme timidez le llevaba a no querer jugar con las niñas. Decía, por ejemplo, que el juego de las prendas, en el que con las manos juntas dejábamos caer un objeto o piedrecita sobre las de cualquiera de los jugadores y que había que acertar al elegido, pues de lo contrario se veía uno en la obligación de dejar una prenda, que sólo se podía recuperar cuando se hacía lo que te mandaban los que dirigían el juego, era una mariconada y el que jugaba con las niñas era una mariquita azúcar. Cualquiera lo ponía a él a jugar a aquello de “Dónde está la llave, matarile, rile, rile...”, con el ir y venir de los grupos de una acera a la otra. Corría entonces y se escondía en la portería, porque le daba verdadera vergüenza.
Las suyas eran otras historias, gateaba a los árboles como una ardilla y tenía su lecho en la parte más alta de la copa y seguro que en el lugar más cómodo, porque sabía escogerlo. Era constructor de todo tipo de artilugios. Mientras todos jugábamos con el sencillo aro de hierro y la guía de alambre duro, él aparecía con una base de madera hecha con varias tablas bien acopladas y clavadas a unos ejes, donde ponía cuatro ruedecitas de bolones, que ninguno de nosotros sabía de dónde las sacaba, y que arrastrada por una fuerte soga en forma de triángulo, se convertía en un carrito, que despertaba la envidia de todos. Menos mal que también era generoso y no le importaba prestar al resto sus inventos.
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