Actuábamos en algunas fiestas y ensayábamos de manera informal en el probador de nuestra casa, tocando los tres la guitarra, pues también pertenecíamos a la tuna de Magisterio, en donde aprendimos algo de ese instrumento. Ya digo que era más atrevimiento que saber y recuerdo de aquellos tiempos canciones como Recuerdos de Ypacarai, Marina, Orad, Noche de Ronda, entre otras y sin olvidar algún que otro corrido mejicano, que formaban parte de nuestro reducido repertorio. Curiosamente, hasta llegamos a participar en un concurso organizado por Radio Melilla, que creo recordar que se llamaba algo así como ”Cada calle presente a su artista”. Nosotros lo hicimos fuera de concurso por aquello de no representar a ninguna, por vergüenza torera y porque ya estábamos ejerciendo el magisterio, cosa que podía generar algún malentendido al tratarse principalmente sus concursantes artistas noveles y con claras aspiraciones a seguir su carrera artística; aunque el hecho de que lo consiguieran o no, eso era otra historia.
El motivo de contar esto era porque César Jiménez a veces hacía de valedor nuestro y hasta nos buscaba y conseguía actuaciones, en lugares en donde él también intervenía. Recordando de entre ellas una en que nos desplazamos a la población vecina de Nador, creo que a su Casino, con motivo de una fiesta para la juventud y en la que sólo pudimos interpretar un par de piezas porque se estropeó el equipo de megafonía allí instalado para tal fin y entre que se arreglaba o no, pasó el tiempo y tuvimos que regresar a Melilla, sin poder demostrar nuestra auténtica valía musical, que sinceramente no era mucha.
( NADOR)
Incluso creo que fue él la persona que nos buscó a una chica para que formara parte de nuestro grupo, que dejó de ser un trío para convertirse en cuarteto, con el aliciente de contar con la presencia agradable de una jovencita que cantaba muy bien, todo sea dicho y, por supuesto, infinitamente mejor que nosotros, a la que desde entonces le hacíamos los coros. Sin querer viene a mi memoria una de las interpretaciones que llevábamos en nuestro ya mencionado cortísimo repertorio, que nos obligaba a los tres a lucir unas pobladas barbas postizas, porque era una canción dedicada al líder cubano muy bien visto por entonces, Fidel Castro, imitando así la de aquel joven revolucionario que se atrevió a enfrentarse al poder yanqui y que nada tiene que ver con el actual, aunque siga dándole la cara al todopoderoso norteamericano. Y con aquel estribillo que nunca he olvidado, repetido como todos ellos, que era del agrado de los jóvenes que nos escuchaban y que terminaban por corearlos con nosotros, de: “Castro, Fidel Castro, chiquito, pero matón”.
El grupo de María Antonia y los Capicúas tuvo una vida efímera por razones obvias y cada cual siguió por caminos diferentes, que nada tuvieron que ver con la música.
No he vuelto a encontrarme con César Jiménez desde aquellos años de juventud, pero guardo un grato recuerdo de su persona y siempre para mí será el galán de Melilla, por lo menos de aquellos años.
No hay comentarios:
Publicar un comentario