miércoles, 4 de febrero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES

 
RAZÓN DÉCIMO CUARTA

14.-  Un Barco:  EL VICENTE PUCHOL   ( II )

        Con el paso de los años las condiciones fueron mejorando; aunque no para tirar cohetes, pues todos conocemos bien las limitaciones de nuestro actual aeropuerto, así como de la imposibilidad de cumplir los horarios cuando el tiempo se rebrinca un poco.

        La única vía que rompía dicho aislamiento en mis años mozos con cierta regularidad y como en los toros, también si el tiempo lo permitía, era la del transporte marítimo. El que nos ponía en comunicación con la península, especialmente y casi a diario, con Málaga y una o dos veces a la semana con Almería. Todavía no estaba construida en nuestro puerto la Estación Marítima y el pueblo, la ciudad vieja, se nos caía a pedazos fruto del abandono, ya que no existía como ahora esa preocupación por recuperarla y restaurarla. Era sin duda una joya abandonada a la degradación del tiempo, a su mala suerte y que en otro lugar podría haber sido mimada y convertida en generadora de fuertes ingresos y admirada por propios y extraños en razón de sus numerosos encantos. Y nuestros referentes de aquellos años eran los barcos gemelos, con los que estábamos tan familiarizados que llamábamos simplemente como el Lázaro y el Puchol y no me refiero a los modernos, que ya también habrán quedado anticuados, sino a los viejos, a aquellos que se movían como un cascarón de nuez en una torrentera originada por tormenta estival y que bastaba con que el cielo se llenara de luces, tronara algo y que el Dios Eolo estornudara una mijita, revolviendo el aire y provocando marejadilla en el Estrecho, para que amarraran a puerto y durmieran en la tranquilidad de las aguas resguardadas a medias, bromas aparte.


                                               ( BUQUE ANTONIO LÁZARO )

        Lo cierto es que para gente menuda como nosotros cuando recibimos el bautismo de su utilización, el Vicente Puchol nos parecía inmenso, un barco de película, que nada tenía que ver, sin ser un trasatlántico, con los pesqueros, por muy grande que fueran algunos, que se mecían en la dársena junto al Club Marítimo. Eso sí, tampoco se podían comparar con aquellas otras grandes moles que llenaban sus tripas de mineral de hierro en el Cargadero. El Vicente Puchol era algo intermedio entre ambos; pero para la chiquillería seguía siendo enorme. Luego, una vez que te haces mayor, comprobabas en sus últimos viajes, la relatividad de las cosas y que no era tan enorme como nos parecía y menos aún con relación a sus sustitutos que llevaron sus mismos nombres cuando fueron destinados a su desguace.

        De pequeño, una vez satisfecha la aventura de salir de la ciudad por tierra, esperábamos con verdadera ansiedad la llegada de la primera salida a la península, a la otra España, por medio del barco, utilizando el Vicente Puchol.

        Tendría unos trece o catorce años cuando me convertí en protagonista, por lo menos para mí lo era, de esta historia tan importante de cruzar el “charco”, que así lo llamábamos y que nos perdone el ilustre y celebrado Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo, porque unos chiquillos le diéramos este calificativo aparentemente peyorativo, para desembarcar en la ciudad de Málaga. Sería por aquel corto trayecto comparado con la grandeza del afamado mar, de los más grandes de su categoría y casi aspirante a Océano.


            Nervios desde que supe que iba a ir a Málaga, por estar incluido en uno de los equipos deportivos que se desplazaba a la capital de la Costa del Sol para participar con otros chavales o “chaveas”, como se decía por entonces en Melilla, de las diferentes provincias andaluzas en el sector de esta región, previo al nacional, a los que asistirían los vencedores de estos sectores, con los de otras regiones, que todavía no se llamaban Comunidades Autonómicas ni tenían la composición actual de éstas. Y también porque había que subirse en el Vicente Puchol y estar sobre el mar durante por lo menos ocho horas. Nervios que se acentuaban el día de la partida, que tratabas de disimular sin éxito; en que preparabas tu primera maleta, aquellas de cartón piedra con maderas en las aristas y de colores poco discretos y dibujos algunas de cuadros. Nervios porque no querías llegar tarde y después de cenar más ligero que otras noches en cuanto a la cantidad, porque el pellizco que tenías en el estómago y a pesar de ser bastante tragón, no te dejaba ingerir más alimentos y por la llamada a la parada de taxis para que te viniera a recoger para trasladarte al puerto y que por la impaciencia del momento parecía que no llegaba nunca. Luego te pegabas el plantón en el puerto; pero bueno, allí estabas con tus compañeros de viaje, igual de nerviosos e intranquilos que yo, y con los familiares de todos, que no paraban de darnos consejos y con el monumental Vicente Puchol delante de ti, con su escalerilla preparada, meciéndose suavemente con su rutinario sube y baja.


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