Con el paso de los años las condiciones fueron
mejorando; aunque no para tirar cohetes, pues todos conocemos bien las
limitaciones de nuestro actual aeropuerto, así como de la imposibilidad de
cumplir los horarios cuando el tiempo se rebrinca un poco.
La única vía que rompía dicho aislamiento en mis
años mozos con cierta regularidad y como en los toros, también si el tiempo lo
permitía, era la del transporte marítimo. El que nos ponía en comunicación con
la península, especialmente y casi a diario, con Málaga y una o dos veces a la
semana con Almería. Todavía no estaba construida en nuestro puerto
( BUQUE ANTONIO LÁZARO )
Lo cierto es que para gente menuda como nosotros
cuando recibimos el bautismo de su utilización, el Vicente Puchol nos parecía
inmenso, un barco de película, que nada tenía que ver, sin ser un
trasatlántico, con los pesqueros, por muy grande que fueran algunos, que se
mecían en la dársena junto al Club Marítimo. Eso sí, tampoco se podían comparar
con aquellas otras grandes moles que llenaban sus tripas de mineral de hierro
en el Cargadero. El Vicente Puchol era algo intermedio entre ambos; pero para
la chiquillería seguía siendo enorme. Luego, una vez que te haces mayor,
comprobabas en sus últimos viajes, la relatividad de las cosas y que no era tan
enorme como nos parecía y menos aún con relación a sus sustitutos que llevaron
sus mismos nombres cuando fueron destinados a su desguace.
De pequeño, una vez satisfecha la aventura de salir de la ciudad por tierra, esperábamos con verdadera ansiedad la llegada de la primera salida a la península, a la otra España, por medio del barco, utilizando el Vicente Puchol.
Tendría unos trece o catorce años cuando me convertí en protagonista, por lo menos para mí lo era, de esta historia tan importante de cruzar el “charco”, que así lo llamábamos y que nos perdone el ilustre y celebrado Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo, porque unos chiquillos le diéramos este calificativo aparentemente peyorativo, para desembarcar en la ciudad de Málaga. Sería por aquel corto trayecto comparado con la grandeza del afamado mar, de los más grandes de su categoría y casi aspirante a Océano.
Nervios desde que supe que iba a ir a Málaga, por estar incluido en uno de los equipos deportivos que se desplazaba a la capital de la Costa del Sol para participar con otros chavales o “chaveas”, como se decía por entonces en Melilla, de las diferentes provincias andaluzas en el sector de esta región, previo al nacional, a los que asistirían los vencedores de estos sectores, con los de otras regiones, que todavía no se llamaban Comunidades Autonómicas ni tenían la composición actual de éstas. Y también porque había que subirse en el Vicente Puchol y estar sobre el mar durante por lo menos ocho horas. Nervios que se acentuaban el día de la partida, que tratabas de disimular sin éxito; en que preparabas tu primera maleta, aquellas de cartón piedra con maderas en las aristas y de colores poco discretos y dibujos algunas de cuadros. Nervios porque no querías llegar tarde y después de cenar más ligero que otras noches en cuanto a la cantidad, porque el pellizco que tenías en el estómago y a pesar de ser bastante tragón, no te dejaba ingerir más alimentos y por la llamada a la parada de taxis para que te viniera a recoger para trasladarte al puerto y que por la impaciencia del momento parecía que no llegaba nunca. Luego te pegabas el plantón en el puerto; pero bueno, allí estabas con tus compañeros de viaje, igual de nerviosos e intranquilos que yo, y con los familiares de todos, que no paraban de darnos consejos y con el monumental Vicente Puchol delante de ti, con su escalerilla preparada, meciéndose suavemente con su rutinario sube y baja.
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