RAZÓN DÉCIMO CUARTA
14.- Un barco: EL VICENTE PUCHOL ( I )
Uno de los inconvenientes que tiene nuestra ciudad y
que puede ser como el tributo que se debe pagar en compensación por otras
tantas cuestiones favorables de las que gozan los melillenses, es la sensación
de aislamiento que tiene el ciudadano de ella y que se convierte en realidad en
ocasiones, debido principalmente a cuando las condiciones climatológicas
adversas aparecen.
Esta percepción era mucho mayor en nuestra niñez y juventud, de las que hace muchos años que transcurrieron y en especial desde que el vecino país consiguió su anhelada independencia. Pues mientras fue Protectorado y no existía la frontera, sí los puestos fronterizos como meros testigos para controles rutinarios, podías viajar en coche o autobús a poblaciones cercanas como Nador, Segangan, Uxda, o incluso al oeste del mismo para visitar Larache, Xauen, Tetuán o la ciudad internacional de Tánger. Viajes, por supuesto, que se convertían en auténticas aventuras, teniendo en cuenta la calidad de los vehículos de antaño, el estado de las carreteras y las miserias y carencias que te encontrabas en las rutas emprendidas, que aún eran peores que las nuestras. Pero bueno, por lo menos por tierra tenías estas posibilidades y no te veías obligado como ahora, cuando la frontera se pone dura o al hacer eco de historias contadas del país vecino, que en la mayoría de las ocasiones son más fruto de la imaginación que respuestas a la realidad, a usar el vehículo para dar sólo vueltas por la ciudad
( Nador )
De las comunicaciones por aire de aquellos años casi
no puedo hablar, ya que no existían. Luego apareció, que recuerde, el
aeropuerto de Tahuima, que me parece que en principio fue militar y
posteriormente también civil; pero con escasos vuelos y no al alcance, por
supuesto, de todo el mundo.( Antiguo aeropuerto de Tahuima )
Cuando se
regulariza el servicio tampoco soluciona este problema de aislamiento, ya que
sólo haces uso de él cuando realmente lo necesitas. Son aviones pequeños, de
escaso número de pasajeros y su coste resulta bastante elevado. Al obtener
Marruecos su independencia, por encontrarse el aeropuerto en su suelo, obliga a
las autoridades melillenses y estatales principalmente a buscar una alternativa
y es cuando se construye el actual en las proximidades del barrio del Real.
Recuerdo una anécdota que nos ocurrió con relación al aeropuerto viejo y que
pudo traernos algunos quebraderos de cabeza. Venía nuestra sobrina Marimel de
Málaga y fuimos en el Opel Caravan blanco que teníamos para recogerla. Como las
señalizaciones escaseaban por aquel tiempo, siguiendo las pocas que existían y
sin conocer casi el terreno, en las cercanías del lugar donde se encontraban
algunas avionetas había una puerta vigilada por gente de tropa y por allí
entramos, recibiendo hasta cordiales y reglamentarios saludos militares por
parte de la guardia de turno, en la creencia de que ésta era la entrada del
aeropuerto. Pensábamos que todo esto era debido a que aún con la mencionada
independencia no había perdido del todo su carácter castrense. Aparcamos el
coche junto a otros que estaban ya estacionados con anterioridad y esperamos la
llegada de la sobrina en el correspondiente avión junto a otras personas. Para
gozar de los contrastes de este país marroquí, junto a las pistas de
aterrizaje, oficiales que debían de ser de su ejército practicaban un deporte
de élite de entonces y de ahora, el polo. Volviendo al tema, llega el avión, desciende
Marimel del mismo, recogemos su equipaje y lo llevamos a nuestro coche.
Observamos que otros pasajeros emprenden un camino distinto; nosotros, por
desconocimiento del lugar, pues es la primera vez que lo visitamos y por
considerarlo más corto, más fácil o más cómodo, volvemos por el camino de
entrada con la mayor naturalidad y cuál es nuestra sorpresa cuando un hombre
armado nos da el alto con gestos de enfado, interrogándonos acerca de qué
estábamos haciendo y adónde íbamos. Le explicamos con paciencia y con la
dificultad de no compartir el mismo idioma el motivo de estar allí y aumenta
nuestra preocupación al comprobar que en lugar de entrar en el aeropuerto nos
introdujimos en un cuartel. Pedimos disculpas por el error y rogamos que nos
indiquen la salida correcta, obteniendo como respuesta primera una negativa a
ello por la gravedad del hecho, que además lleva consigo el que de momento no
podamos salir de allí con un simple ustedes perdonen. Después de un buen rato
de argumentar razones, de solicitar soluciones, de auténtico apuro y hasta
miedo, de una espera que se nos hace casi interminable, todo se arregló con la
recomendación de que no nos volviera a ocurrir por el bien nuestro. Con el
mismo saludo del soldado de guardia de puerta, salimos de aquel atolladero con
la convicción de que no iríamos más a dicho aeropuerto y así fue.
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