No era moro, Emilio, sino que respondía a un nombre
artístico conveniente en aquella época y que él no tuvo ningún pudor en pasearlo
por toda España.
El apelativo “moro” puede tener connotaciones positivas, de indiferencia en muchos casos y hasta un cierto tono peyorativo a veces, y esto último lo digo por propia experiencia; pues aunque lo soporté con todas sus acepciones en mi estancia en la Península, padecí con alguna acritud y en determinados momentos, por parte del que lo lanzó como insulto y sin éxito alguno, por supuesto, la tercera.
Había quien te llamaba “el moro” cuando tenía conocimiento de tu origen melillense, pensando con su total desconocimiento que todo lo que venía del norte de África y concretamente de la zona del Magreb, era moro de la morería, como el texto de la antigua canción.
De verdad que no había maldad en ello; entre otras cosas, porque existían referentes anteriores en los que los mismos que procedían de Melilla y Ceuta, y más aún los que venían de Tetuán, Larache, Alhucemas, etc., se hacían conocer por tal apodo o mote. No muy lejos de la población donde resido habitualmente, por ejemplo, en la monumental población y no por su extensión, sino por sus ricos monumentos arquitectónicos, Carmona, teníamos un compañero, Paco Cortés, director de uno de los colegios públicos de la ciudad, que llevaba a gala, porque él así lo quiso, el ser Paco el Moro, con el fin de diferenciarse de otros que se llamaban Francisco dentro de su círculo de amistades y conocidos. Allí no había desdén y hasta se veía como algo normal; pues en su caso, se daba la circunstancia además de contar con un color algo oscuro de su piel y el hecho de que conocer el “cherja”, dialecto del árabe que se hablaba en Marruecos; lo que invitaba a la creencia de ser real lo que se decía y si a todo lo anterior unía que sabía preparar con todos sus avíos los pinchitos morunos en celebradas reuniones, quién podía dudar de aquel sobrenombre cariñoso.
Sin embargo, todo no fue siempre afecto en su uso. Yo, por el contrario, recuerdo de mi paso por la vida pública, dedicado en algunos años a la política local, el haberme encontrado con gente, a las que no debo dar otro calificativo, hasta con cierta cualificación académica algunos, que te lanzaban lo de “moro” como un verdadero insulto, como dardo envenenado a través de la palabra para intentar claramente hacerte daño; cosa que, como señalé antes, nunca consiguieron. Eran en muchos casos, personas que contradictoriamente predicaban la solidaridad, que defendían el reparto de todo entre todos, pero sin contar en el lote lo suyo, que se les llenaba la boca al hablar de la igualdad del género humano; pero que en momentos concretos y sin que el moro tuviera culpa alguna, usaban el topónimo para molestar. Llegando incluso al mal gusto de manchar las blanqueadas paredes de las casas andaluzas con frases alusivas al moro, que además no lo era. Así se movía parte de la extrema izquierda por el lugar donde me tocó vivir.
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