jueves, 8 de enero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS. MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


SÉPTIMA RAZÓN

7.-   Un alcalde: DON EDUARDO LEÓN SOLÁ   ( I )


        Al elegir entre mis recuerdos a un alcalde de mi ciudad no me lleva el reconocimiento de la labor realizada como munícipe, de la que no tengo suficiente conocimiento de causa; sino que de todos los que pudieran serlo en mis años de permanencia estable en la ciudad, sólo tuve una relación de amistad y de vecindad con D. Eduardo León. El resto me sonó por alguna que otra cuestión, pero como nunca necesite de ellos y con los pocos años uno no tenía una visión clara de lo realizado por cada cual, me incliné por el anteriormente citado.

       Quizás haya influido también el fijarme en él, el conjunto de gratos recuerdos que guardo de esta familia, en especial de algunos de sus miembros y porque hace unos días me encontré con la triste noticia, a través de un familiar muy querido, de su fallecimiento, tratando con este ejercicio de memoria el rendirle un modesto y singular homenaje.

       Como siempre viví en Melilla en la planta baja del número 7 de la calle Teniente Coronel Seguí, puedo decir que desde que tengo conciencia de su existencia, lo relaciono con el piso primero que existía justo por encima del nuestro y con su despacho de abogacía que tenía en la planta baja, nada más entrar al portal después de subir los dos escalones y a mano izquierda. Despacho que contaba con una puerta que daba al patio y frente a la nuestra y que también tenía dos grandes ventanales que se enfrentaban a su despacho. 

                           

( En el bajo de la primera casa que ve, el del ventanal con la luz encendido, fue donde nacimos y vivimos siempre en esta ciudad: allí se encontraba el taller de modista de nuestra madre, Pepita, y en no pocas ocasiones, siendo niños, utilizamos el mismo para salir a la calle y no tener que recorrer el largo pasillo que daba a nuestra puerta.)

      Quince años mayor que nosotros; los suficientes para verlo como adulto cuando andábamos en la niñez. Fue una persona para nosotros de la que siempre recibimos un trato cordial y una permanente sonrisa. No sabría decir si esto era debido a una educación exquisita o sencillamente porque era su forma habitual de ser. Creo que su padre fue el conocido General León y que perteneció a una importante familia numerosa; condicionantes que hacen ver la vida de otra manera. Tampoco escapa de mi observación el creer que sintiera un afecto especial hacia mi familia por conocer la valentía de mi madre, viuda en plena juventud, modista que atendió desde siempre a doña Eulalia, su esposa, para sacar adelante a su también numerosa prole. Lo cierto es que sin tener una gran relación social siempre hubo entre nosotros un afecto mutuo y por qué no decirlo, un gran respeto nuestro hacia su persona.

       Todo esto lo digo porque desde joven lo tuve como un incansable trabajador, ya que no paraba y eran muchas las personas que acudían a su despacho, en donde trabajaban con él varias personas e incluso pensaba, más por intuición que por conocimiento, ya que ignoraba cuál era su tarea, que debía de llevar entre manos asuntos y cuestiones muy importantes.

       Cuando nos cruzábamos en los aledaños de nuestra vivienda, que era fácil y cotidiano, no sólo intercambiábamos los saludos normales entre vecinos, sino que siempre había por su parte interrogantes para saber cómo iba nuestra vida, cómo marchaban nuestros estudios y todo ello de una manera afable y sencilla; hasta en ocasiones nos gastaba bromas para saber si éramos uno u otro de los mellizos.

      Físicamente agraciado, alto y algo metido en carne con el paso de los años. No sé el porqué, pero le encontraba rasgos árabes en su rostro, con su inseparable y bien recortado bigote y curiosamente eran muchos los marroquíes que se contaban como sus clientes, seguramente porque hablaría su dialecto y porque era un excelente abogado. Es más, no faltaron voces de algunos melillenses que señalaban que fue en su corto periodo de alcaldía, entre los años 1972 y 1975, cuando se abrió mucho la mano para la ubicación definitiva en Melilla de muchos habitantes procedentes del país vecino. De doña Eulalia, su esposa, Lala para su familia e incondicionales, qué decir. Era una excelente conversadora y pienso que nos apreciaba sinceramente. Nunca le faltaban hacia nosotros, más que sus consejos, sus deseos de que nos fuera bien en la vida y en especial, en la vocación que habíamos elegido, la del magisterio, del que era una defensora a ultranza. Cuántas parrafadas echaba con nosotros cuando bajaba a casa para probarse los trajes o vestidos que le confeccionaba mi madre, Pepita la modista, o cuando nos encontrábamos al salir o entrar en el mismo portal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario