Para mí han sido desde que tengo uso de razón los
dos santos más celebrados en mi hogar. Mi hermano mellizo, aquel con el que
estuve casi toda la vida junto y en especial, nueve meses más habitando en el
mismo habitáculo, en el seno de mi madre, casi
llevando vidas paralelas, se llama Clemente. Su mellizo, en este
caso, yo, me llamó José.
¡Qué diferencia de Santos¡ ¿Verdad? Uno, el más
conocido del mundo; tanto que a veces para algunos resulta hasta vulgar, poco
original. De lo que no tiene culpa alguna, por supuesto, el fiel compañero de
¿Que por qué para mí fue el José? Pues la verdad, no lo sé, ya que también pudo ser el de Clemente, que hasta éramos tan iguales que al poco de nacer nos pusieron unas esclavas con el nombre de cada uno para identificarnos. Pero quién no quita que en cualquier baño, despojados de ellas, que se produjera un posible despiste y una vez sequitos y empolvados con talco, la incorporación de los distintivos fuera errónea. Así, yo que ahora soy José, pude ser Clemente antes o viceversa. Claro que si los errores pudieron repetirse, se pudo dar el caso que habría temporadas que fuera uno y otras el hermano mellizo. Un verdadero galimatías que en alguna ocasión nos planteamos de broma, pero que nunca llegó a aquel otro filosófico y profundo shakesperiano del ser o no ser.
Lo de José vino por mi madre, que se llamaba Josefa; aunque todo el mundo la conocía como Pepita la modista, suponiendo que la gente le ponía este apelativo añadido por su profesión y para distinguirla de otras Pepitas, que habría una infinidad. Como el nombre de mi padre ya había sido asignado a otro de mis hermanos mayores, para mi mellizo acudieron al capítulo de los tíos y se decidieron por el nombre de uno de ellos, que debió ser importante para nuestros progenitores y le encasquetaron el Clemente para toda su vida.
Cosa lógica, nunca me resultó raro ni chocante este nombre y sería banal decirlo, pero lo digo, que incluso me resultaba la mar de familiar. Heredando yo por parte de madre y sin diminutivo su sinónimo, el de Pepe desde que era un bebé y es que también resultaba más fácil de pronunciar que el de José; quedando éste sólo para las formalidades propias de la vida, entre las que no faltó la del tratamiento por parte de los alumnos y con el don delante.
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