Eran
años de penurias los de nuestra niñez; ya que nacimos justo en el fin de la triste guerra
civil, en 1939, y nadie nos negará que si todas las guerras son tristes, más lo
son aquellas en que los pueblos hermanos se enfrentan entre sí. La tristeza
también se reflejó en los años primeros de la posguerra, porque había
demasiadas heridas abiertas; esas heridas que decían los mayores, los que más
sabían, que sólo y difícilmente las cerraría el tiempo. Todo el exceso que se
gastaba en armas de muerte privaba a la población de artículos de primera
necesidad y casi nadie escapaba de la hambruna. Eran tiempos de sucedáneos del
café, como la malta, de la leche que había que hervir antes de consumir o en
polvo, de las que traían los americanos, del pan chusquero fabricado con harina
oscura, de las tabletas de chocolate a las que había que dar coba para que no
se gastasen pronto y que nos parecían arenosas, de los azucarillos en forma de
gajos de naranja para endulzar el aguapuche sustituto del café, del aceite de
ricino para las purgas de los niños y del agua de Carabaña para los mayores
cuando nuestros estómagos por estar sucios necesitaban una limpieza. Eran años
de miserias, de alumbrarnos algunas noches con velas, de los petromax y
quinqués, de las culeras en los pantalones y de las alpargatas, de las cocinas
de carbón que repartían y vendían los carboneros por las calles pregonando con
arte su negra carga con la que se confundían por su color idéntico, de los
serenos respondiendo con su característico “¡Vaaaa!” a las palmadas de los que
le necesitaban y rompiendo el silencio de las horas de madrugada con los
monótonos y acompasados bastonazos y el tintineo de las grandes llaves
recogidas en su arete de hierro para abrir los portales, de las cartillas de
racionamiento que originaban larguísimas colas en los aledaños de los despachos
de los artículos de primera necesidad y que originaban toda clase de picarescas
en su torno y del estraperlo, que si ayudó a no pocos a la supervivencia,
convirtió a otros carentes de escrúpulos y que se movían a gran escala en una
nueva casta de adinerados.
Fueron también momentos de escasa higiene, sin agua corriente ni servicios en gran números de viviendas, de palanganas y escupideras, de corte de cabello al cero para acabar o no dar cobijo a los piojos, de ropas de quita y pon, de verter agua hirviendo sobre el somier metálico para terminar con las chinches y pulgas que te martirizaban con sus picaduras irritantes y con las pupas que se hacían más grandes de tanto rascar y rascar sin control, de los duros y desiguales colchones de paja o borra, a los que había que batir todos los días, así como ahuecarlos, de lavar a mano sobre tablas o en los lavaderos públicos y de tender al raso y de los pozos negros que dejaban en las casas olores nada agradables, pero a los que estábamos acostumbrados. Esta misma falta de higiene propiciaba también enfermedades que se ensañaban principalmente con los más débiles, que por supuesto eran los niños.
Años difíciles para la docencia, en los que se decía como algo habitual a quienes carecían de casi todo, en especial en lo tocante al manducar, que pasaba más hambre que un maestro de escuela. Una época en que dicho maestro parecía depender de la generosidad de los progenitores de sus alumnos, cuya hambre aliviaban de vez en cuando con regalos alimenticios, como papas, huevos y en fiestas solemnes y señaladas con alguna gallina, de la cual se extraía un caldo que milagrosamente parecía durar una eternidad. Esta situación casi de dependencia ponía en el mismo nivel al ignorante que regalaba, en no pocas ocasiones, con el docto maestro, que con vocación próxima a la santidad bregaba con una multitud de chiquillos cada cual de su padre y de su madre, que equivalía a decir que no había dos iguales.
Escasos eran los colegios públicos y los maestros nacionales, ya que el absentismo escolar era muy elevado, pues gran número de chicos comenzaban desde muy corta edad a laborar, ayudando en sus hogares en eso de sostener la mísera economía familiar. La ratio era elevadísima y se admitían en los pocos colegios existentes a todos los alumnos que acudiesen.
Los maestros, en su mayoría nada conservadores por su mismo status social, que exigía un cambio y por su misma formación, casi todos se vieron en el lado de la República, que quería decir entre los derrotados de la contienda, por lo que llegaron a faltar; siendo reemplazados a veces por personas que se consideraban poseedoras de una cierta cultura general, con un manejo primario de la Gramática y de las conocidas como cuatro reglas de las Matemáticas y que estuvieron dispuestas a ejercer esta bendita profesión, pasando las mismas calamidades. Otros optaron por aceptar contratos en academias particulares que estaban regidas, como ocurre en las farmacias, por un titular. Para la mayoría de los chicos y de los padres en general, era más rentable aprender un oficio en los talleres que existían, que perder el tiempo en los estudios que forzosamente y por falta de medios económicos en cualquier momento se podían ver truncados de manera insospechada. Tan sólo una minoría de privilegiados aspiraba a ellos sin plantearse lo anteriormente dicho. También los había, que por doble motivo, por aliviar bocas en las casas y porque los estudios eran gratis, mandaban a algunos de los hijos al Seminario más próximo y que no fuera raro comprobar que algunos no llegasen a la tonsura de antes y a lo que se conocía como tomar hábitos o cantar misa.
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