Cada cuestión tenía su tiempo. Por ejemplo, en las
casetas más trabajadas, cuando los muros estaban levantados y repellados,
llegaban los pintores, los profesionales y los artistas. Estos últimos convertían
las paredes en ingeniosos frescos, con motivos festivos alusivos a sus
moradores, llenos de humor y de sátira, que se convertían en efímeras obras de
arte.
Cada día los ociosos como nosotros, pues estábamos de vacaciones y aún no teníamos edad para participar en dichas tareas, nos veíamos sorprendidos por estos dibujos tan atrevidos y llenos de gracia y de coloridos.
Conforme avanzaba el tiempo la actividad se multiplicaba, el personal aumentaba y se acumulaba el trasiego de los objetos más variados. Camiones de reparto depositaban a la puerta de cada caseta sillas y mesas, neveras y congeladores con la publicidad de diferentes bebidas, mientras que los farolillos, banderitas, flores y globos, todos de papel, improvisaban techos. Lo distintos objetos de restauración llegaban a todos los rincones, las cajas con centenares de vasos, platos y bandejas; los servilleteros de propaganda se amontonaban encima de los mostradores...
Y cuando se acercaban las vísperas de las fiestas llegaban las cajas de las bebidas, que se iban amontonando en cualquier rincón de las casetas destinado para tal fin. Nada se improvisaba, aunque sí era normal que siempre a última hora se detectase alguna falta que podía ser hasta importante, que originaba el enfado de algunos, pero que tenían inmediatamente solución.
Otro capítulo importante era el de hacer el
seguimiento a las atracciones, pues en función del número de éstas, así como de
sus novedades, se valoraba la calidad de las fiestas. De ahí nuestro
peregrinaje en la niñez, sin que lo supieran nuestros mayores, al puerto, a la
zona donde todavía no se había levantado la estación marítima o a la cercana a
la lonja, donde se subastaba el pescado, para ver y comprobar in situ si había
llegado tal o cual atracción, en cualquier barco grande o pequeño, ya que la
mayoría de ellas venían desde
Existían atracciones que no podían fallar, además de las ya mencionadas, como los Caballitos que subían y bajaban, los Coches de choque, la Ola, la Casa de los espejos en donde te acortaban o alargaban, te engordaban o adelgazaban hasta lo imposible, los Teatrillos con marionetas de hilos, las diferentes tómbolas entre las que destacaba la del Cubo, las casetas de los adivinadores, los aparatos que servían para comprobar la fuerza golpeando con un mazo un resorte que hacía subir una pieza metálica para hacer sonar una especie de timbre o campana grande, las casetas de tiro con escopetas de aire comprimido que disparaban perdigones para romper cintas de colores de serpentinas o palillos de dientes o las que lanzaban tapones como proyectil sobre botellitas de licores que obtenías como premio si las tirabas y que siempre teníamos intención de coleccionarlas y nunca lo hacíamos; escopetas que tenían tan desajustadas las miras que si acertabas era por coincidencia o intuición o porque de tanto tirar descubrías cuáles eran sus desviaciones y apuntabas a otro lugar cercano para acertar. Sin olvidar los puestos de golosinas, los de algodón que te dejaban las manos y los alrededores de la boca pegajosos y los de turrón o de cocos que no podían faltar.
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