De otros artistas melillenses tuvimos noticias, unos nos agradaban más, otros, no tanto. Por poner algunos, recuerdo haber contemplado obras de su íntimo amigo y desgraciadamente desaparecido en plena juventud, especialmente acuarelas, de Victorio Manchón; de nuestra vecina y compañera de juegos Norita Montes, de Melibeo, de Colmeiro, de Arrumi Ben Yusef, de Carlos Rodríguez Iglesias, de Miguel Delgado...; pero para nosotros el pintor de Melilla, no porque fuera o no el mejor de todos, es Eduardo Morillas.
Es inimaginable el número de hogares melillenses que
tienen en sus paredes obras suyas. Si nos fijamos en sus muestras al público,
en sus exposiciones, tanto colectivas como individuales, dos tercios de las
mismas fueron en nuestra ciudad. Su producción ha sido tan amplia que no hubo
en Melilla sala donde no lucieran sus obras; desde aquellos primeros salones de
De Eduardo Morillas se puede decir, como si de cantante hondo se tratara, que tocó todos los palos, porque siempre fue un inquieto investigador del color y de la forma, de aquellos que no aguardaron que viniese su musa para inspirar su excelente obra; sino que sudaron y transpiraron hasta lo indecible en la soledad de su estudio en una permanente búsqueda.
La témpera como preludio de sus posteriores acuarelas, más exigentes, la dominó desde muy joven; en el óleo se movió usando por igual el pincel como la espátula, consiguiendo la misma fuerza y siempre con un sello muy personal; se atrevió con el óleo sobre cartón y en única tonalidad de color sobre este material poco noble realizó sus Caprichos en su homenaje al insigne Goya; investigó con sus ensoñaciones conseguidas a través de sus manchas, en las que el agua y el variado color de las acuarelas, en juegos atrevidos, llegaron a conformar un mundo maravilloso; en la acuarela se movió como pez en el agua; uso el óleo sobre el papel con atrevimiento y caminó con el mismo paso seguro por el mural compuesto por teselas para construir hermosos mosaicos y por el mismo cartel.
Y de su temática qué se puede decir que no despierte también nuestra admiración. Ningún rincón del puerto y de Melilla
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