Hablaba poco y sonreía siempre, la parquedad de su
palabra iba acompañada de su peculiar uso del castellano, como le ocurre a la
mayoría de los marroquíes cuando hablan nuestro idioma. El trato con todos
nosotros era muy agradable y deseaba continuamente complacernos, sobre todo a
la hora del yantar.
Cuando después de comer y porque teníamos aquella costumbre de llevar los útiles y objetos de la comida desde el comedor a la cocina antes de que ella llegara a casa, lo mismo que la faena de poner la mesa, hacíamos intento de levantarnos, nos indicaba que la dejáramos y que ella lo haría sola. Por supuesto que no atendíamos sus deseos y le ayudábamos en el transporte de aquella liviana mercancía; convenciéndola incluso a veces de que se quedara en la cocina y nosotros le llevábamos los trastos para que ella los fuera limpiando.
Mujer limpia como la que más. Sólo había que ver su cuidada ropa, que antes de empezar la faena colgaba en la percha que había detrás de la puerta de los aseos y sustituía por una bata que le llegaba casi a los pies de vivos colores y dibujos que ajustaba a su cintura con un cinturón estrecho, cambiando igualmente su calzado de calle por unas cómodas babuchas, cuyas suelas arrastraba al caminar por tener esta costumbre. Antes de marcharse dejaba todo limpio y bien recogido. Desde siempre también llamaron nuestra atención sus manos, que las tenía como manchadas, al igual que partes de su rostro y su pelo brillante, siempre cubierto por pañuelo grande perfectamente anudado. Aquel material rojizo debía de ser fuerte, porque no se quitaba con agua, con la que trabajaba continuamente. Pronto supimos que se llamaba “hanna” y que tenía mucho de costumbre, de tradición, de cultura y hasta de religiosidad.
Pero donde había que ver a Maimona era a la hora de limpiar el suelo, cuando aún no existían las fregonas o porque ella estaba reñida con aquel invento cuando apareció y nadie le cambió su sistema. Flexionaba su cuerpo por la cintura, convirtiéndolo en un “U” invertida e iba, después de mojar el suelo, recogiendo el agua en un movimiento de zig-zag sorprendente. Casi sin doblar las rodillas, con el trabajo que nos costaba a nosotros este ejercicio en las clases de Educación Física, se recorría todo el pasillo, llegando hasta con las palmas de las manos; dándonos la impresión, aunque estaba rellenita, que estaba como los artistas circenses, algo descoyuntada; ya que se movía con una enorme agilidad a pesar de su robustez. Con el paso de los años nuestro hogar se fue quedando casi solo; mis hermanos mayores formaron sus respectivas familias; José Ángel y Marimel se vinieron a estudiar a la Península y curiosamente a Sevilla, en vez de Granada o quizás por tener familiares del padre afincados en dicha ciudad; nosotros también fuimos destinados como maestros fuera de Melilla; así que mi madre se vio sola y con la única compañía de Maimona.
Las sucesivas roturas y operaciones fueron quitando movilidad a mi madre. Primero fue la rótula de la pierna derecha. Yo estaba en Galicia cuando le ocurrió tal percance y tuvo que ocuparse de ella mi hermano Clemente, que si pasaba las vacaciones en Melilla. Después se rompió la cabeza del fémur al caerse en casa de mi otro hermano, Ángel, cuando residía en Málaga; siendo intervenida en Sevilla, donde le pusieron una prótesis que con el tiempo rechazó y a la que tuvieron que reemplazar por otra de iridio y platino que le duró toda su vida y no presentó ningún problema. Más tarde vino la rotura de la otra pierna, de la que no se operó y que con el reposo le formó una callosidad. Se tuvo que valer entonces de las muletas al principio y de una de ellas con el paso de los meses, terminando al final en una silla de ruedas, lo que le afectaba un montón, porque si algo tuvo mi madre, entre otros atractivos físicos y morales, fue el de su caminar erguido que aún a sus muchos años llamaba la atención y despertaba comentarios de admiración entre las que la conocían. Entre toda esta historia y la pérdida progresiva de la visión, como consecuencia de la dichosa diabetes, que le acompañó durante gran parte de su vida y que controlaba magníficamente, con una voluntad de hierro y privándose de lo que fuera, hicieron que Maimona se convirtiera en sus pies y en sus manos.
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