Hace unos meses viajamos a la Alpujarra granadina y al
ver en el libro de Antonio Abad “Eduardo Morillas, el lenguaje de la luz”,
algunos de sus óleos sobre Capileira, me sirvieron para reafirmar lo acertado
del título de dicho libro; pues Eduardo captó de forma maravillosa la
luminosidad de sus rincones, ya que no en balde este paisaje, donde el blanco
de la cal te ciega y te pierdes en sus cientos de recovecos, que te invitan a
la contemplación bajo un cielo que lo tienes más cerca, te convierte en
cómplice de su obra.
Morillas es un estudioso de la pintura, es un afortunado autodidacta. Nos decía en cierta ocasión, cuando viajábamos a Melilla y casi era una obligación rendir una visita a su estudio y lo veíamos gozar con sus constantes búsquedas, con sus experiencias de manchas, por ejemplo, de acuarelas, que aquello era lo que le producía placer y gozo, que en él había dos vertientes en la pintura, la de aquellas obras realizadas casi de memoria, ya que mucha era la demanda de los melillenses y de otras personas de fuera de nuestra ciudad, que tenía que atender permanente y puntualmente, ya que como señalé antes él fue profeta en su tierra y que las catalogaba como las de sus “habichuelas”, pues tenía que comer todos los días y sacar una familia adelante, ya que había hecho de la pintura y de la docencia posteriormente su medio de vida, y la otra era la de la investigación, la que le producía verdadero placer por cada descubrimiento que hacía, por muy insignificante que fuera y que en ocasiones no era tan valorada por su entorno, cosa que nos confesaba que tampoco le preocupaba.
Cuando en unión de mi hermano expusimos en alguna ocasión en Melilla, Eduardo Morillas y su mujer Francis, si estaban en la ciudad nunca fallaban con nosotros, su presencia era habitual, recibiendo de ambos su calor y del artista, en conversaciones siempre amenas, porque Eduardo Morillas es un maravilloso conversador, los consejos más acertados hacia nuestra tarea. Catálogos de muchas de sus exposiciones obran guardados con mimo en la carpeta de nuestros recuerdos en torno a esta actividad y a los amigos que destacaron, que consiguieron el éxito gracias a sus dones y a su esfuerzo, sin olvidarse de la diosa fortuna, que a veces resulta y no en el caso de Eduardo, veleidosa y algo arbitraria.
Al margen de la pintura, recuerdo un detalle personal de Eduardo Morillas hacia mí, que aun siendo de insignificante importancia material para cualquiera, yo me sentí muy feliz. Dado mi espíritu coleccionista, pues sellos, postales, pegatinas, carteles y otros muchos y variados objetos se encuentran repartidos por diferentes rincones de mi cuarto, ocupando su ordenamiento parte de mi ocio y conocedor él de que entre éstos se encontraban las cajas de cerillas, en su viaje familiar a los países nórdicos en 1980 y antes de regresar a Melilla, fue reuniendo algunas de éstas para enviármelas a Sevilla, a mi lugar de residencia, a un pueblecito de los Alcores, El Viso. Para ello introdujo todas las recopiladas cerillas en una cajita de madera y cuando llegó a depositarlas en el servicio de Correos de aquel país, creo que en la capital de Noruega, Oslo, y al ser interrogado por el funcionario de turno acerca del contenido del paquete y responder con la mayor naturalidad que se trataba de cerillas, le anunciaron que era imposible que circulara aquella mercancía. Eduardo Morillas no iba a defraudar a un amigo, porque en él eso no era lo habitual; así que pacientemente, desenvolvió la cajita y ante la mirada atónita del empleado, fue vaciando de cerillas una por una todas las cajas, volviendo a preparar el paquete con el mismo cuido que la primera vez. Como me había prometido un día llegó aquella cajita a mi domicilio, lo que me llenó de ilusión al aumentar mi colección y con piezas difíciles de conseguir. En otro encuentro en Melilla me contó con todo detalle aquella pequeña y curiosa odisea y nos reímos con ganas de la anécdota.
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