RAZÓN CUADRAGÉSIMO TERCERA
43.- Un Centro escolar: EL INSTITUTO NACIONAL DE ENSEÑANZA MEDIA ( II )
La nuestra fue la Academia de don Antonio Martín,
situada en el barrio Obrero, frente a la esquina del primer bloque Orgaz. Otros
niños de nuestro entorno iban a la Academia Barrientos
y los más a la
Academia Saavedra , que se llamaba así no por hacer honor y
memoria a la madre del insigne Miguel de Cervantes, sino porque su titular era
aquel pequeño de estatura, pero extraordinario docente, don Felipe Saavedra.
En la Academia Martín estuvimos cuatro años, adquiriendo las herramientas necesarias para posteriores estudios, aquello que se decía como lo de las primeras letras, el cálculo de las cuatro reglas y una cultura general. Y en el último curso, a los diez años, la preparación para ingresar en el bachillerato, los que elegíamos esta opción; en tanto que otros seguían en primaria hasta los catorce años o mejor dicho, hasta que se aburrían o los padres les buscaban algún tallercito para aprender un oficio desde la más tierna edad.
Superado el examen de ingreso los alumnos teníamos dos opciones que iban en razón casi siempre de los medios económicos de la familia: el Instituto Nacional de Enseñanza Media o el Colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana de La Salle, en tanto que las alumnas iban forzosamente dirigidas a El Buen Consejo, teniendo cada uno de ellos sus peculiaridades y características propias diferenciadoras y que definían en cada caso el tipo de enseñanza que impartían.
Los dos últimos, por ser regidos por religiosos, hermanos de La Salle y monjas respectivamente, se movían en ambientes excesivamente piadosos; mientras que el Instituto era más laico, más liberal en tema de creencias. Lo curioso era que chicos de distintas religiones a la cristiana asistían a los dos señalados anteriormente, lo que equivalía a otro elemento diferenciador, que como señalaba anteriormente era debido al nivel económico de sus progenitores, que podían pagar los costos de la enseñanza de estos centros y que por descontado eran muchos más elevados que en el Instituto. Pues si en este centro sólo había que pagar las matriculaciones anuales y los gastos administrativos una vez al curso, en los otros había que cubrir éstos y además a unas mensualidades a las que todo el mundo no podía hacer frente, incluso otra también bastante costosa como el de los uniformes.
Las oraciones a toques de timbres con escrupulosa fidelidad horaria y los cultos casi obligatorios salpicaban toda la actividad escolar y producía, según mi apreciación particular, dos tipos de individuos: los que se amoldaban a la situación, incluso llegando a gozar con ella y obtenían una sólida formación religiosa, sin que por tanto sufrieran desencantamiento al terminar sus estudios, continuando fielmente con aquellas prácticas y costumbres religiosas y los que al terminar éstos, en rebeldía, se convertían en seres anticlericales, que no querían saber nada de curas, de hermanos, de rezos, ni de misas dominicales o también aquellos otros que no llegando a tales extremos, entraban en una tibieza propia de ateos prácticos, con la más absoluta indiferencia hacia el hecho religioso.
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