¿Y cuál fue la consecuencia de todo este asunto?
Sencillamente que, exagerando un poco, hubo monas hasta casi para final del
curso escolar. Vamos, que casi las aborrecemos.
Las duritas tardábamos más en engullirlas, había que masticar más, perder más tiempo en ellas; pero no existieron obstáculos insalvables para acabar con ellas. Cuando llegaba la hora de merendar, acopiábamos material y nos dirigíamos al campo de baloncesto de Bandera de Marruecos con los bolsillos de los pantalones repletos para invitar a los compañeros de juegos, que también contaban con buenas dentaduras y que haciendo honor al dicho, a caballo regalado le hincaban bien el diente y de qué manera.
En aquellas tardes se creó una especie de hábito. Cuando llegábamos a la pista polideportiva, algunos hacían un alto en sus “patateros”, se acercaban y nos preguntaban si había munición, haciendo referencias claras a las monas duras, sobre las que teníamos libre disposición, para que se acabaran cuanto antes. Lógicamente, a las que salieron buenas no teníamos tan fácil acceso. En definitiva, fue una temporada de monas duras, que concluyó cuando entre todos acabamos con ellas.
Y tengo que confesar que ahora, ya mayor, sigo siendo algo dulcero y que las monas de Pascua no son precisamente las que despiertan en mí grandes devociones, incluso que hace años que no las pruebo. ¿Será por aquella hartera?
No hay comentarios:
Publicar un comentario